Sin colas, enseñé mi DNI y me dieron la invitación, todavía no termino de acostumbrarme a la delicia de ejercer de periodista. Gracias a Dios, en la entrada se hablaba de “fila” y “butaca”: ¡podría ver el concierto sentada! Esto, que a muchos les parecerá una blasfemia, tenía mucho sentido: soy un poco anémica, me dan bajadas de tensión y cuando estoy en aglomeraciones me desmayo fácilmente. Desmayarse es una cosa que suena súper romántica y súper femenina, pero no mola nada. Una lo pasa fatal antes de llevarse la mano a la frente y desfallecer con estilo. Y con la cantidad de gente que se amontonaba de pies en el suelo del Palacio de Deportes, podría haberme desmayado tres veces antes de que terminase la actuación del telonero.
Tras los temas de
Albert Hammond Jr. (telonero de la gira y guitarra de The Strokes), llegó una pausa que aproveché para curiosear, hacer amistades y buscar historias dignas de mención. Empecé por entablar conversación por uno de los pocos periodistas que estaban en la zona de prensa. Bien, pues
la primera en la frente. El tipo se negó en redondo a decirme de qué medio venía (esto después de que me hubiera rebotado la pregunta y yo le hubiera dicho dónde trabajaba yo). No sé, a lo mejor es que soy muy inocente, muy nueva o muy tonta pero, ¿qué tiene de malo decir dónde trabajas?,
¿es una pregunta satánica?, ¿es de mala educación, como cuando le preguntas a alguien por su sueldo?
Con semejante amabilidad no me quedó otra que escapar de allí y acudir al “Bar VIP”, porque también tenía pase para eso. Pero, sinceramente, de VIP tenía bien poco. Una cerveza gigante hinchable moribundeaba en el suelo, a medio inflar. A pesar de que el patrocinador de la sala VIP era una marca de cerveza con limón, no servían cerveza con limón. Tampoco había agua, ni refrescos, ni mucho menos daikiris de fresa, que es mi bebida favorita. Sólo había cañas. A ver, no es que me queje, tener cerveza gratis es el sueño de mucha gente, pero cuando acudes por primera vez en tu vida a una sala VIP, esperas una pizquita más de glamour.
Regresé a mi asiento e hice tiempo anotando cosas en mi moleskine color verde lima (un cuadernito muy mono que me da un look profesional-pero-rabiosamente-juvenil).
EL CONCIERTO
Del techo bajaron cinco mallas con pinta de redes pesqueras a modo de telón. El escenario estaba todavía vacío cuando comenzó a sonar una canción que todo el mundo conocía pero que nadie esperaba oír: ¡El
Danubio azul! El
típico vals que ponen para que bailen los novios en las bodas. La gente comenzó a dar palmadas al ritmo de la música y entonces se iluminó la tela gigante del fondo del escenario y vimos “La Libertad guiando al pueblo” (portada del
Viva la vida, el
último disco de la banda).
Moló, fue algo así como: “Preparaos, que esto empieza”.
Y empezó. Sonaron casi todos los temas del último disco (Lost!, Violent Hill, Viva la vida, Life in Technicolor, Strawberry Swing, Cemeteries of London…) y otros éxitos de siempre (Politik, Clocks, Speed of sound, Fix you, God put a smile upon your face…).
Me encantaron los juegos de luces con focos que parpadeaban con fuerza en los golpes de batería
iluminando todo el estadio hasta casi cegarte; o los rayos láser azules y rojos que cruzaban todo el Palacio de los Deportes sin difuminarse un ápice. También las bolas gigantes que caían del techo como planetas de colores y que, al volverse naranjas recordaban a la portada del primer disco de la banda:
Parachutes.
Hubo un momento entre canciones en el que la gente del suelo comenzó a cantar lo que se canta en España cada vez que se reúnen más de cien personas: Oé, oé, oé, oé, oé, oéeee.. Algunos se indignaron pensando que era un concierto de Coldplay y no una final de la Eurocopa, pero Chris Martin la reconoció, la tocó en su pianito y hasta la integró en el final de Speed of sound. Sinceramente, todo el mundo lo flipó.
Y es que Martin estuvo entregadísimo. Se notaba lo mucho que disfruta con la música, tanto cantando como con sus instrumentos: varias guitarras, dos pianos, una armónica… Además, habló en español y estuvo muy cariñoso con un público que se lo dio todo desde el principio y al que definiría al final del concierto como “uno de los mejores, si no el número uno”.
Hubo momentos realmente emocionantes, como cuando subieron a una de las gradas y cantaron
The scientist entre el público. Los fans no se creían lo que veían y se apresuraban a sacar el móvil para grabarlo
todo y restregárselo a sus amigos que se habían quedado sin entrada o que se habían negado a pagar los 60 euros que costaba. Además, durante el tema
Lovers in Japan cayeron del techo miles de mariposas de colores que bañaron al público y a los músicos mientras las pantallas mostraban imágenes de almendros en flor, jardines nipones, neones de Tokyo y geishas. Fue muy hermoso, hasta un robot de cocina se hubiera emocionado.
Y para terminar, después de tres intentos de terminar el concierto (el público jaleaba hasta hacerlos regresar), se despidieron con uno de los grandes éxitos de su primer disco:
Yellow. Un tema tierno con el que todos los novios que le habían regalado entradas a sus novias y todas las novias que le habían regalado entradas a sus novios seguro que se enamoraron un poco más.
Todavía quedaban mariposas fluorescentes revoloteando por el aire mientras Chsris Martin susurraba
Look how they shine for you…. Si hubiera sido una película habría llegado un chico y me habría besado. Pero no lo era, y lo más cercano a una figura masculina que tenía era el periodista arrogante ocultador de información que ya había dejado claro que no quería saber nada de mí.
Aún así, fue precioso.