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“Yo no es que tuviera todos sus discos ni nada de eso ¿sabes?, pero él era una estrella, uno de los grandes”, me contaba una señora en el trayecto de metro camino a la calle 125, donde el legendario teatro Apollo rendía ayer homenaje a ese niño de 9 años que había deslumbrado a todos con su gran voz y su histérica forma de bailar.
Había sido en 1967 cuando Michael y sus “Jackson 5” habían ganado el premio de la noche Amateur del teatro Apollo, donde “nacen las estrellas y se crean las leyendas”, y desde entonces los cinco se ganaron un pase directo a la disquera Motown, que los lanzó al éxito.
Cuarenta y dos años después, el Apollo abrió sus puertas en un evento público y gratis para celebrar la carrera de ese niño que se convirtió en una de las seis personas más famosas del mundo.
La 125 a las 12 de la mañana era una fiesta. Los tambores sonaban de fondo mientras que los cientos de personas que esperaban en la cola para conseguir entrar al teatro bailaban y cantaban.
Hablé con un banquero afroamericano en paro que iba vestido como Michael, con sus calcetines blancos con zapatos negros y su camisa roja sobre camiseta interior blanca, que se me puso a llorar mientras me decía, “es que cuando estás deprimido y te pones a escuchar su música… te hace sentir feliz”.
Una madre de tres hijos me cantó Billie Jean con ese movimiento de cabeza que sólo saben hacer ellas y una chica que llevaba una barbie con forma de Michael Jackson me contó cómo hacía años había dormido una noche en la calle para conseguir conocer a su ídolo.
Mientras hablaba con ellos, pocos debieron imaginarse que aquella chavala blanquita y pequeñuja se pasó la infancia inventando coreografías para las canciones de Michael Jackson.
Las ratas, my friends, son las que deciden en esta ciudad si uno es más de aquí que de allá. Cuando desde el andén veo un par correr entre los raíles, gordas y peludas, vuelvo a meter mi nariz en el periódico y espero a que alguno las señale con el dedo para poder pensar: turista.