Tubérculos, cigarrillos y las FARC
Era el verano del año 2000 y serían las doce de la mañana, todavía no habían empezado a llegar los ingleses, rojos como cámbaros, a comer paella. David y yo íbamos ya por el tercer saco de patatas. Las cortábamos a lo largo, que era como prefería el jefe. David se apartó del saco, dejó el pela patatas y encendió un cigarrillo. Lo llamó mierda mirándolo, y yo le pregunté cuánto tiempo llevaba fumando. Tres años, me dijo. Empecé con treinta y ocho. Me pareció raro y le pregunté cómo se le había ocurrido empezar a fumar tan tarde. Estaba 20 horas al día con un kalashnikov pegado a la cabeza, contestó. Y después guardó silencio, y yo también, como si David no hubiera dicho nada.
Aquella tarde, mientras fregábamos, no pude no preguntarle. Me contó que salió de Colombia amenazado de muerte. Que había hecho dinero con una empresa informática. Que había tenido oficinas por todo el país. Que de niño era pobre como una rata, y que todo lo que estudió lo estudió con becas. Que fue el primero de su promoción en la universidad. Que su madre era una anciana de campo del Santander Colombia, el norte del país. Que él se había negado a soltarle un pavo a las FARC. Que lo acabaron secuestrando y que estuvo tres meses con un kalashnikov pegado a la nuca. No hubo más negociación que ésta: David malvendió a la guerrilla, o a quién ella le dijo, su empresa. Vació sus cuentas del banco y voló el dinero. Se deshizo, o lo deshicieron, de todas sus pertenencias. Los campos de su madre, la anciana del Santander Colombia, empezarían a ser campos de coca o no serían. La cosecha ya tenía dueño. David abandonaría el país. Además, la guerrilla le hizo una promesa: Mataremos a tus hijos, uno a uno, el día que cumplan dieciocho años. Y David vino a España, solo, a trabajar de jardinero doce horas al día entre semana, y de pinche de cocina a jornadas de 16 horas, sábados y domingos.
Lo recuerdo fuerte, trabajador, callado y de vuelta. David estaba de vuelta de algo, quizá del desengaño, o quizá había regresado de perder toda la esperanza. Miraba a veces a ningún sitio y se le quedaba un brillo en los ojos. Citaba sin darse cuenta a amigos con los que había vivido aquellos tres meses en la selva: Santo Tomás, Descartes (quizá aquel kalashnikov le hizo sentir la glándula pineal), Heráclito… el pensamiento occidental puesto a desfilar entre sacos de patatas, montañas de platos y un cigarrillo junto al cubo de basura. Y remataba diciendo: Javier,











