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Es verdad que estuvieron en el momento adecuado y en el lugar oportuno y que hacían todo lo que nos gustaba entonces, lo de empezar arpegiando y luego distorsión y el garriga-garriga-garriga y el bajo muy alto adun-adun-adundundun y la bateria luego redoble y parón y aquello de Dave Grohl tupatu-tupatu-tupatu.
Tenían todo aquel sobre-dramatismo y aquella tendencia al himno que nos volvía locos hace quince años. Habían digerido bien todo lo que habían tragado: Pixies, Sonic Youth, Pavement, y eran elogiados en público por popes como Brian Molko (Placebo) y Michael Stipe (REM). Y sin embargo, a pesar del éxito relativo y de una carrera trabajada y seis discos publicados, Sexy Sadie se separaron en 2006 con la sensación de que algo no había terminado de cuajar. Quizás sea que tarde o temprano uno se encuentra con la realidad de que en España no hay realmente un público suficientemente numeroso para mantener un mercado musical indie propio.
Quizás a pesar del empujón inicial, se topasen con el techo que España reserva para un grupo que canta en inglés. Quizás simplemente se agotaron, hicieron los discos que tenían que hacer. Sin embargo, mi impresión viéndolos el viernes pasado en el Florida Park, reunidos especialmente para celebrar el 20 cumpleaños de Subterfuge (madre mía, vinieron todos los viejos indies de los noventa, trajeron sus estrechas camisetas, las viejas adidas, saltaron como masáis durante el concierto, así como solían hacerlo sin moverse del sitio), decía que mi impresión viendo el concierto-reunión de Sexy Sadie el otro día era que la mecánica de la música en este país de alguna manera impide la estabilidad de una clase media rock.
Como si no hubiese posibilidad de grados intermedios entre las bandas de consumo, radiofórmula y plaza de toros y los grupos minoritarios, mantenidos y condenados en la marginal gloria de la crítica especializada y el público “entendido” y encerrados en el limbo que se conoce como “circuito independiente”. Seguramente es crucial el hecho de que esa clase media carece de presencia mediática propia, ya que son invisibles para los canales de comunicación tradicionales y despreciados por el sibaritismo de la prensa especializada. Mi impresión es que Sexy Sadie merecieron más, creo que con su indie-rock honesto y de digestión fácil y placentera, deberían haberse hecho viejos (y moderadamente ricos) ocupando esa franja intermedia en otros países tan jugosa, a mitad de camino del manoseado superventas y el intocable culto.
Creo que es síntoma de debilidad cultural el hecho de que esos dos mundos (el del mainstream y el de la sub/contracultura) estén tan distanciados y opuestos, de manera que sea prácticamente imposible el tráfico de elementos entre ambos. Quizás grupos como Nena Daconte (como representante de grupo radiofórmula aunque no sonrojante) y Vetusta Morla (del lado de los indies pero sin ganas de morir de no-éxito) sean brotes verdes (¡olé!) que anuncien la llegada de una nueva clase musical.
Sexy Sadie estará tocando junto a Anni B Sweet el 25 de junio en la sala Apolo en Barcelona, terminando la gira de celebración del 20 aniversario del sello Subterfuge, que ha editado un disco-libro recogiendo todos estos años de singladura editorial.
De lo que vamos a hablar es de los discos, de las canciones, de cómo eran las cosas en la época en la que la música era algo urgente. Aquel tiempo en que nos creíamos más grandes que cualquier organismo terrestre. De si la música mantiene aún alguna oportunidad de cambiar nuestra manera de fingir, de bailar, de hacer las cosas. De afectar de alguna manera al modo en que nos peinamos. Por Luis Alfaro: lalfaro@snoticias.tv
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