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Paco llevaba toda una vida sumergido en un ambiente de rectitud sexual. Su padre, se decía, amaba a su madre con sábana de por medio. Con eso lo digo todo.
Por eso Paco se hizo de derechas y se convirtió en ultracatólico militante y, aparentemente, practicante.
Durante un lustro encabezó las manifestaciones contra los homosexuales en la región, clamando contra el aborto y apedreando la casa de una pareja de lesbianas que, con la nueva legislación, había conseguido adoptar un churumbel.
También se hizo concejal y empleó su voto para aquello de las recalificaciones urbanísticas y para convertirse en el "referente moral" de la gente de su partido en la zona. Llegó a encabezar fiestas de guardar, se echó santos incontables a las costillas cuando era menester y se casó por la Iglesia en una misa multitudinaria en la que ofició de madrina su suegra, que lloraba a moco tendido al pensar, con razón o sin ella, que el virgo de su hija iba a ser quebrado aquella noche con sábana de por medio. Como manda la tradición.
Tras el casorio (y la tradición cumplida) Paco fue un ejemplar marido y padre de familia durante otro lustro cumplido a rajatabla, con fiesta dominical incluida y cargas contra "los otros", esa "gentuza" de "moral relajada" que tanto perturbaban a nuestro amigo.
Hasta aquel día.
Nadie se explica qué ocurrió, ni qué conjunción de planetas intervino en el devenir cósmico para que Paco, enloquecido, penetrase en un prostíbulo de lujo para trajinarse a un hombre. ¡Un hombre! Y lo peor todavía está por llegar.
Pues Paco llevaba acudiendo desde los 18 años a aquel antro ignominioso, donde era aficionado a que un travelo llamado Marinela le penetrase con agresividad animal mientras él, a un tiempo, se calzaba a un bello doncel frente a la atenta mirada de dos prostitutas masturbatorias. Al menos eso es lo que grabó un videoaficionado con mala leche y lo que confirmó la jefa del burdel, una madama de carnes decadentes que había cobrado un pastizal tremendo y que sostuvo que Paco pagaba sus deslices con la Visa consistorial.
Todo se sabe, al fin. Y lo de Paco se supo en su comarca y en España entera. Y él entonó el mea culpa y se refugió en un centro de rehabilitación para pervertidos sexuales del Opus Dei. Y los hipócritas que poblaban su partido gritaron, escandalizados, ante las imágenes de aquella bacanal mientras el sudor les recorría los glúteos.
Porque ellos, de milagro, no habían salido en aquel vídeo asaetados por el prójimo. Del tipo que sea.