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Pepe era un tío durísimo de esos que cantaban La Internacional cuando se metían entre pecho y espalda un tintorro de la tierra. También se marcaba tutes entre humo de cigarros y paseaba por su pueblo con un grueso jersey de lana. Era un tío carismático, Pepe. Las mujeres habían querido llevárselo al huerto de tío Poyer cuando era joven y los hombres disfrutaban de su compañía y le juraban lealtad eterna cuando cargaban de más. Así que un día se presentó a alcalde.
Nadie tiene muy claro si Pepe se volvió corrupto o sencillamente quería sentarse en el sillón de jefe rural con el objetivo de meter mano a la caja. El caso es que un buen día un constructor le dijo "hola, muy buenas, toma este par de billetes y vete de putas, a mi salud". Y al día siguiente el constructor, que había comprado unos suelos a precio de terreno rural, se forraba construyendo adosados con piscina comunitaria para los turistas de rigor.
Mientras la oposición criticaba a Pepe que, saliendo muy digno a la palestra, declaró en Pleno que su único interés era "promocionar e incentivar el turismo en su pueblo con el objetivo de dar de comer a los suyos". Con dos cojones y un palo. Y la gente, entusiasmada, lo jaleó como a un héroe mientras los opositores murmuraban entre las sombras.
Luego llegó el coche, naturalmente, y la casita aquella en Villamanolo de las Torres que le salió a Pepe a precio de saldo, y a su pueblo un poquitín más caro por aquel asunto de la multa europea por incumplir no sé cuántas normativas de conservación natural.
Por último Pepe se abrió una cuenta en Suiza. O en Gibraltar, que tenían monos de culillo pelao. Y empezó a ingresar en la caja fuerte miles y miles de euros gracias al pelotazo aquel de transformar el acantilado de La Palomera en un complejo para deportistas de élite. Y luego colocó a familiares varios en diversas empresas a las que, misteriosamente, le unían muchas manos estrechadas, muchos "qué bueno lo tuyo, Pepe" y muchos bloques de cemento levantados a pie de playa.
Al final a Pepe lo trincaron. Fue milagroso, nadie se lo explicaba. En España los mafiosos y los jetas campan a sus anchas y sólo acaban enchironando a unos cuantos. El pobre Pepe fue uno de ellos pero cuando, orgulloso y viril, fue camino de la cárcel para no salir hasta dentro de unos pocos años (tras los cuales podría disfrutar de sus millones suizos tranquilamente), su gente lo aplaudió por bravo y gitano. Por gracioso, simpático, guapo y cara dura.
Y Pepe se metió en la sombra como un señor. Como si lo que hubiera hecho no fuera un crimen, sino un acto de justicia para con sus conciudadanos.
Qué demonios, Pepe tenía razón. Sus ciudadanos tenían al alcalde que merecían.