En el mundo de los zombis hay de todo
Después de tanta peli y reunión de prensa, la idea de una marcha zombi con destino playero sonaba tan refrescante como una cerveza con limón después de un partido de fútbol (vale, sé que hace como quince años que no practico deportes con pelota, pero sólo era un símil).
Como decía, fui a la marcha zombi con idea de hacer un reportaje fotográfico de calidad (que podéis ver en esta cuenta que he abierto para colgar las fotos del viaje) repleto de pus, tornillos incrustados en el cuello, ojos colgantes, quemaduras de tercer grado y sangre-que-invita-la-casa. También había calvos con la cabeza abierta; un licántropo y una momia desorientados; niños que anhelaban una bala entre las cejas en lugar de las modestas ojeras y gotas de sangre que les habían hecho en casa… y sus correspondientes madres, que se acababan de enterar de que había un equipo profesional (y gratuito) de maquilladores y que, por tanto, habían desperdiciado sus pinturas más caras para un resultado mediocre. Entre todos ellos había un chiquitín alterado de pelo rizado que señalaba con su chupete los disfraces, como diciendo: ¿Pero es que nadie se da cuenta de que esta gente no es normal?
Hay un tipo de chica que no concibe lo de disfrazarse y quedar fea. Y aunque se vista de payaso, de momia o de teléfono móvil siempre intenta quedar resultona. Ayer también hubo muchas de esas, llevaban la cara llena de pústulas pero lo compensaban con un escote generoso o con una falda introvertida: zombi, sí; pero zombi buenorra.
Lo más divertido era ver a aquellos que se lo tomaban realmente en serio. Algunos se dedicaron a asustar a dos amigas guiris que estaban cenando mejillones en una terraza. Otro, más valiente, lo intentó con la mujer de uno de la mesa de al lado, y la jugada no le salió del todo mal porque ella le compensó con un calamar a la romana. El tipo se conformó con el cambio, pero al tragárselo se quejó porque quemaba (tiene narices, los muertos vivientes llevan décadas aguantando tiros, hachazos y mutilaciones a golpe de pala sin chistar y ahora llega éste y lloriquea porque el calamar está calentito).
También hubo momentos tiernos que me hicieron recuperar la fe en la figura del muerto viviente. Siempre había pensado que un marido de esta clase no era la pareja ideal para formar una familia, pero este cariñoso papá demostró que irrumpir en las casas de la gente para comerse a los inquilinos no implica que en la tuya no seas capaz de cambiarle el pañal a tu bebé y hacerle cosquillitas en los pies. Qué romántico… si es que ya lo decía Alaska: “Él es un zombi, pero me quiere”.











