La huida de Riggor, III
He llamado a Rivas esta mañana, estaba en la reunión de escaleta. Creo que ha salido para hablar. Si no ha sido así, los redactores jefe se han callado como psicoanalistas con sueño en medio de un trauma ajeno. Le he pedido días libres. Me ha preguntado cuántos y no he sabido qué contestar. Una semana, quizá más, he dicho. Después he dicho que me iba de viaje. Ha habido una pausa. ¿A Minsk?, ha preguntado tras unos segundos. Nos hemos callado. Después de respetar el silencio se ha tragado un par de advertencias y ha dicho vale, buena suerte.
Ahora estoy en el aeropuerto de Frankfurt, camino de Minsk. Llegaré esta noche, después de una escala que está siendo demasiado larga como para tener la cabeza llena de preguntas; preguntas que chocan entre ellas, que se estrellan en algún lugar del cerebro, que no llegan a formularse por estar hirviendo, como una sopa de lava de la que salen fuegos artificiales retorcidos como signos de interrogación, fuegos artificiales que quizá son fatuos, y entonces las preguntas están muertas y yo veo cómo se pudren, cómo se me pudren dentro.
Llegaré a Minsk en unas horas y aún no sé qué cojones voy a hacer allí. Ni siquiera consigo recordar el nombre del hotel en el que he reservado habitación. Ni siquiera sé cómo hace, si hiela por la noche, si va a llover mañana, si me estaré cruzando con Riggor en este aeropuerto, si subiré al avión del que él baje, si él llegará esta noche a Madrid y llamará a la puerta de mi casa. Entonces mi mujer le preguntará por mí, y él, él tendrá la cabeza llena de preguntas muertas. Al menos espero que no huela a costo y a putas.











