Guantánamo: el cáncer del fumador pasivo
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En la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense de Madrid huele divinamente a marihuana. Muchos estudiantes se fuman esta receta polivalente, quizá por sus efectos analgésicos ante el panorama de mediocridad y resignación en que se sienten seguros tantos y tantos dirigentes, que no líderes; quizá porque también ayuda a dormir, cuando la frustración amenaza las ganas de un ser pensante de 20 años; o quizá, ojalá, porque sabe bien y abre el apetito, antesala del hambre que alimenta la imaginación.
Ayer comprobé que estos estudiantes tienen mucha hambre y mucha imaginación. Sentí vértigo cuando salieron de entre nosotros ataviados con el uniforme de la desgracia en Guantánamo. Creo que sólo se proponían humillar a un ministro cómplice del traslado de aquellos presos, pero consiguieron mucho más.
A esa imagen no le hacía falta titular ni pie de foto. Toda España lo entendió y la mayoría, sin duda, apoyó moralmente el fondo de la protesta. Pero también quiero pensar que el envoltorio de insultos, intolerancia e incluso violencia de la que algunos, demasiados, hicieron gala, sólo es síntoma de la frustración que se siente al sentirse inútil por permitir todo aquello. Porque tanta energía no servirá de nada si no se asume parte de la responsabilidad; no será útil mientras todo se ataje por la cómoda vía de la personalización. Para nuestra miseria, ya no basta con tener razón.
Coincidió el día con un encuentro frente a frente entre Fraga y Carrillo. Ninguno de estos universitarios, diría yo, es tan absolutamente antagónico al ponente catalán, como lo son entre sí estas dos bestias vivas de la Historia política, a capítulos muy reprochable, de España. Incluso hubo un tiempo en el que quizá cualquiera de los dos habría disparado contra el otro sin temor al juicio moral de nadie. Y sin embargo, apenas hizo falta moderadora. Algo en qué pensar para una generación prometedora que podría, si quisiera, hacer historia una vez que el siglo XX ha terminado.
Estos jóvenes activos, críticos, cultos y hambrientos podrían coger el testigo de los que a finales de los sesenta se propusieron cambiar el mundo, aunque a falta de una juventud más larga, se quedaran a mitad del objetivo.
Cuidado, chicos, porque el programa se está imponiendo a los ideales y es una lástima que, como yo, muchos estén dejando de fumar.











