Fantasías: hoy, el chico Starbucks.
Con este post inauguro la sección de sexo, un apartado que algunas de las personalidades más destacadas (y salidas) del informativo de laSexta han pedido insistentemente. Así que nada, Julio y Marc, espero que os guste.
Hoy, la cosa va de fantasías. En concreto, de chicos con uniformes. Y no me refiero a los típicos como los bomberos, los policías o los marines (mmm, marines…) sino de algo más común. Los trabajadores de un gremio que, si vives en Madrid, te puedes encontrar en cada esquina. Estoy hablando del dependiente del Starbucks.
Hay un montón de cosas que hacen que un chico Starbucks sea la personificación del morbo.
1) Su hábitat es prohibido y tentador: están rodeados de chocolate, frapuccinos, azúcar moreno y pasteles de queso.
2) Llevan delantal. Sí, un delantal me parece sexy… y eso que llevan el típico delantal al cuello, cuando los verdaderamente interesantes son los que se anudan a la cintura como los de los camareros de restaurantes de sushi.
3) Sus locales están repletos de gente que lee y/o tiene complejo de artista bohemio –esto estimula la parte intelectual del cerebro-, y también cuentan con un montón de sofás comodísimos y con pinta de ser bastante... resistentes –esto estimula las glándulas sudorípadas del interior de los muslos-. Así pues, habitan entre una decoración sugerente.
4) Los cuartos de baño están protegidos por una contraseña electrónica. Si una tiene facilidad para fantasear se dará cuenta de que, en caso de ser utilizados a la vez por dependiente y clienta, el primero podría cambiar la combinación y asegurarse de que nadie los incordie.
Pero esta atracción no se debe sólo a los condicionamientos del entorno. ELLOS tienen mucho que ver, y si no ¿por qué siempre están sonrientes?, ¿por qué hablan como si te conocieran de toda la vida?, ¿por qué preguntan cómo te llamas desnudándote con la mirada?
Todo en Starbucks está pensado para que fantaseemos con los chicos y sus delantales.
Recuerdo mi última conversación con uno de ellos. Después de haberle contestado a su cómo-te-llamas con un “Ana” lo suficientemente sensual sin llegar a parecer una zorra, el dependiente –argentino, para más inri- inquirió suave pero firmemente:
-¿Querés nata?
Claro que quiero nata, chato. Nata, fresas o unas esposas.
El chico se giró y comenzó a servirla sobre el frapuccino, que ya de por sí tiene que engordar la vida. Mientras tanto, yo iba sacando el monedero del bolso y disfrutaba de un momento alegórico protagonizado por una fila de rígidos termos metálicos que reposaban sobre la estantería…
-¿Con caramelo por encima?
Podría haberme sugerido echarle pimienta, garbanzos o curry que le hubiera dicho que sí.
-Echa lo que quieras.
(Reconozco que esto último quedó bastante zorril.)
El caso es que al final, cuando por fin mi frapuccino estaba preparado con todos los complementos extra y yo tenía lista mi mejor mirada de miope-con-gafas-pero-con-rímel, aparece una tipa de metro cincuenta con el pelo grasiento y recogido malamente por una pinza. El precioso argentino le había pasado mi vaso y ella exigía cobrar euro y pico por encima de lo que marcaba la pizarra de precios.
Me explica, de un modo satisfecho y cruel, que la nata y el caramelo no son gratis, y yo sentí que me habían timado. Con mucho estilo, ciertamente, pero timada al fin y al cabo.
Así que pagué el precio desorbitado y me dirigí a la salida sin mirar atrás, muy digna, como quien no ha sido vapuleada por una tremenda –tremendísima- estrategia de marketing.
A mis espaldas, el argentino preguntaba a otra pobre ingenua si quería nata por encima, a lo que ella, por supuesto, contestó que sí.











