Engañados como chinos
Decía Confucio que “la ignorancia es la noche de la mente”, pero otro filósofo de nuestro tiempo, el agente Smith de Matrix, asegura que “la ignorancia es la felicidad”. Si el santo chino tenía razón, en nuestro planeta hay 1.300 millones de hombres bajitos y amarillos que viven en las tinieblas más absolutas. Si por el contrario el que acierta es el encorbatado digital que domina a la raza humana desde un programa informático, una quinta parte de la población mundial es ahora mismo feliz de cojones. En ese caso habría que conceder a la censura china todos los premios y reconocimientos del mundo.
Pastilla roja o pastilla azul, saber o ignorar, es la elección que se plantea el héroe de Matrix. A los chinos, la pastilla azul se la cuelan por la tele cada día. La roja en cambio la tienen que buscar en el mercado negro, pirateando los controles y filtros que el gobierno impone a sus sesiones en Internet o descargando ilegalmente los documentos que su régimen no quiere que vean.
Saber que cientos de personas en el extranjero intentan apagar la llama olímpica allá por donde pase es lo de menos. Ni siquiera parece importante que conozcan el apoyo de millones de occidentales que exigen la libertad de prensa en China, el fin de la represión en Tíbet o el respeto a los derechos humanos. Lo más inquietante es saber que una parte tan inmensa de la humanidad vive engañada en un mundo irreal. Y que ni siquiera así es más feliz.











