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Venezuela, año 2054. El comandante cumple 100 años, 55 de ellos en el poder. El barrio “Ciudad Chávez” de Caracas prepara la celebración de esta noche, presidida por el lema revolucionario. Al tradicional cubano “Patria o muerte” el comandante fue añadiendo vocablos con cada nuevo mandato, hasta llegar al definitivo “Patria, socialismo, revolución, Bolívar, ron de caña, caraotas, ropa interior roja o muerte. ¡Venceremos!”.
Venezuela es hoy, a mediados del siglo XXI, una, grande y libre. Tras el definitivo fracaso mundial del capitalismo en el año 2011, Venezuela se colocó a la cabeza en la carrera de la prosperidad económica. El petróleo se acabó, pero las energías renovables lo reemplazaron con un sol caribeño que brilla todo el año. El gobierno nacionalizó el astro rey en el 2015, con lo que consiguió hacer de Venezuela el primer país del mundo en el que sólo amanece para unos. Esto contribuyó enormemente a la agilización del proceso revolucionario, al identificar mucho más fácilmente a los opositores, tradicionalmente llamados “escuálidos” pero que pasaron a ser denominados “paliduchos” por el mortecino color de su piel, siempre a la sombra.
Con los escuálidos paliduchos cómodamente reconocibles y sin un modelo social y económico extranjero que pudiera servir como alternativa, la revolución continuó revolucionando hasta que de tanto revolucionarse se gripó. Por eso el comandante pidió en el 2019 su reelección por otros veinte años para reparar el proceso bolivariano. La república fue rebautizada como Unidad Modular Bolivariana de Venezuela y su máxima autoridad pasó a ser la del Mecánico Vitalicio, que recayó legalmente y por decreto sobre el Comandante Chávez tras la celebración de tres referéndums perdidos y uno ganado.
Venezuela es hoy, a mediados del siglo XXI, un país plural con diez canales de televisión estatales, superando así el récord fijado por Berlusconi en el 2025. La prensa es libre para elogiar al comandante, la gestión municipal es tan transparente que ni se ve y la clase media camina agachada para no sentirse excluida del grueso de la población. Venezuela continúa aquel proyecto atornillado para siempre en febrero de 2009.
Pero no fueron las argucias del astuto gobierno las que lograron renovarse una vez tras otra, sino el victimismo de una oposición egoísta y abobada. La terquedad de un sector rancio y arcaico, incapaz de reconocer los logros de un gobierno pragmático y, en muchos aspectos, eficaz. La ineptitud de una clase política nostálgica del elitismo, miope del pasado e hipermétrope del futuro. Y la cobardía de unas multinacionales tacañas que aprovecharon el miedo para quedarse y argumentaron miedo para echar a correr. Es el curioso caso de Benjamin Chávez, el jefe de Estado que cuanto más tiempo pasaba en el poder, más tiempo decía necesitar. Y que cuanto más cerca parecía estar de su final, más lejos llegaba su aspiración de permanecer.