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Con todo esto de Gürtel anda España entera alborotada, pensando cuál será la siguiente cabeza en rodar, si dejarán de rodar cráneos o si, por el contrario, al final habrá que echar tierra al asunto de tanto como salpica.
Digo que España entera está alborotada pero lo cierto es que no debería. Lo de Gürtel se veía venir. No por Boadilla y Correa, sino por el país en que vivimos en el que, con poco que nos acerquemos a cualquier corporación municipal, nos hablarán de los misteriosos movimientos del concejal de Urbanismo de turno.
Hay honrosas excepciones, naturalmente. Aunque lo triste es que sean precisamente eso, excepciones honorables. Pero lo cierto es que todos somos conscientes de que, en gran cantidad de ayuntamientos, se han perpetrado multitud de tramas de corrupción. Y no han sido ideadas precisamente en la concejalía de Cultura.
En el juego político de las corruptelas hay otro personaje, aparte del concejal de Urbanismo y del alcalde, que tiene mucha importancia: el independiente. Es él quien a menudo decide las votaciones en los plenos y quien, por tanto, tiene el poder para exigir su comisión y meter mano en la caja.
Lo que digo no es escandaloso. Es lo que hay. Lo malo es que resulta complicado que deje de ser si todo hijo de vecino (político) anda por ahí tratando de sacarse un sobresueldo a base de sobres cerrados y maletines negros.
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