Sobre cabras y corderos
Hay una cosa que le hace inmensamente feliz a una becaria de mísero sueldo como yo. ¿Quieres una pista? Empieza por “Acreditación” y termina con “de prensa”.
Precisamente haciendo uso de una de ellas, el pasado viernes asistí por la cara (gratis, sin pagar un duro) a una obra de teatro que representaban en la sala madrileña El canto de la cabra. Su título, Tocamos a dos balas por cabeza, de la compañía Los Corderos.
Primera impresión
Cuando nos dejaron pasar, los actores ya estaban en el escenario. Eran tres hombres tumbados boca arriba, llevaban trajes usados y una copa de cristal llena de agua sobre el pecho. De tres globos rojos y gordos colgaban unos tubitos con aire que se sumergían en las copas provocando burbujas. Un micrófono recogía el sonido, algo parecido a lo que escucharías si vivieras en un acuario de langostas. Molaba.
Una bata, un lienzo blanco, un cuadro sujeto por cables invisibles y una veintena de sillas en permanente mudanza componían el resto del atrezzo.
La obra
La acción arranca bruscamente. Los tres tipos comienzan a correr, a saltar y a girar. Sudan y se persiguen constantemente como si fueran críos con una sobredosis de azúcar. Lo que se llama teatro físico, en el que el peso argumentativo está más en la acción que en la narración.
Su diálogo es rápido y al principio cuesta un poco seguirlo porque la inercia hace que intentes recordar datos básicos. Sin embargo, al rato te das cuenta de que las palabras no son lo más importante de la obra y de que te puedes concentrar en otras cosas (como en los hombros del actor más joven, por ejemplo).
El libreto es absurdo y divertido. Repleto de frases que habrían hecho las delicias de chicos como Nuevos Mamuts: “Cuando levante las manos, las flores tocarán el tambor”, o “Aquél que sufra derrame de semen será impuro hasta la tarde”.
Súper análisis profundo y reacciones
La obra gira en torno a la superstición y las normas autoimpuestas –el equivalente a pisar sólo las rayas blancas de un paso de cebra o a no comer carne los viernes-, lo que pasa es que como el público no sabe cuál es la superstición/costumbre de los personajes, encuentra sus acciones inmaduras. De este contraste surge la reflexión.
Cuando terminó el espectáculo, algunos corrieron a hacerse con un papel oficial que pudiera explicarles qué habían visto. Un hombre con bigotito de rasca y gana, pantalones blancos y camisa estampada preguntó a la taquillera si “todas las obras de la sala eran de este tipo”. Disfrutando de su momento de protagonismo y animado por su séquito de gallinas de risa fácil, sepultó: “Es para no volver”.
Yo sí volvería a ver otra obra de Los Corderos. Eso sí, si necesitas que te dejen las cosas bien claritas, entonces mejor aléjate de ellos.
El folleto, por cierto, encerraba más filosofía de la que yo fui capaz de absorber, aunque lo básico sí que se capta.
De todos modos, no me gusta hacer caso de los folletos. No me fío de ellos. Si a ti te pasa lo mismo o si desconfías de las becarias con blog, te animo a ver la obra y juzgar por ti mismo. Su próxima actuación es en el Festival Internacional de Mim (Sueca, Valencia), aunque la compañía representa Crónica de José Agarrotado en otros puntos de España.











