Caballitos en la pared
Tienes que saber fijarte bien porque no es fácil verlos. Fijarse bien no es apuntar, ni encestar todo el chorro, hasta la última gota, ni siquiera es librar el aro y conseguir un movimiento parabólico perfecto, porque eso es sólo un ejercicio de gimnasta: bello, técnico, irreprochable, pero sólo un ejercicio de gimnasta; un ángulo que decrece, un caudal condenado a extinguirse y una curvatura pensada sin pensarse, marcada como sello en res en la memoria genética de los orinadores verticales. Fijarse bien es otra cosa.
Si sabes fijarte bien podrás perder de vista el chorro y la curva y el caudal y no arruinar el ejercicio. El chorro vuela solo, confía y no mires. Ahora, en la pared del baño público, observa. Observa el azulejo y detente. Mira la fauna ingrávida que pende de las paredes. Son diminutos, pero ahí están, siempre: trofeos de caza menor, despojos, submundo.
Parecen los esqueletos de una manada de caballitos de mar, detenidos, secos, muertos en la pared, y no, son mocos, mocos que lanzan los orinadores verticales cuando le guiñan un ojo al riesgo y dejan de mirar el chorro. Fíjate en ellos la próxima vez, parece que danzan, siempre están.











