El baile era para ti
Tenías toda la vida por detrás y cinco obreras a los lados, pero tú no lo sabías. Estabas guapísima con ese aire de estudiante de universidad perdida en el parque. Parecía que venías de leer a Jean-Paul Sartre y que necesitabas un rato para digerirlo, para encontrarle acomodo a tanta crítica a tanta razón tan dialéctica. Parecía eso, que querías estar tranquila, cuando llegaste a este jardín.
Cuando menos te apetecía bailar, fue una de ellas y te pellizcó en el culo. Entonces te volviste, y allí estaban, luciendo tenazas al sonreír. ¿Cuántas eran? ¿Cinco, seis? Puede que más, puede que menos. Al fin y al cabo, quién las cuenta. En esos momentos sólo se desea que vengan de una en una, porque sabes que tienen que venir, que están ahí para algo.
Te fueron rodeando. No sabías adónde mirar, se te notaba. Un mordisco en el culo, y te girabas. Un mordisco en el culo, y te girabas. Así hasta perder el equilibrio, o las ganas. Así hasta que, sin que tú te dieras cuenta, te fueron acercando al precipicio. ¿Por qué no volaste? ¿Por qué te dejaste llevar a esa chatarrería de mandíbulas batientes que se movía como la niebla en las pesadillas?
La hormigas voladoras creéis que todas las tardes acaban en tormenta, que no hay otra posibilidad. Sin embargo hoy, cuando te habían arrancado un ala y dos obreras te pusieron mirando al cielo a la puerta del hormiguero, te hiciste una pregunta: ¿Cómo acabará esta tarde? Nunca habías tenido tanta curiosidad por nada. Después, te arrastraron por el agujero, parecía que lo habían hecho para ti.











