Ayudando al malo de la película
En un sistema capitalista las crisis son algo corriente cada cierto número de años. Más que nada porque un sistema capitalista está concebido para que los listillos de turno se forren a costa del prójimo hasta que la trampa acaba por irse al carajo.
En España, entre los múltiples listillos que han propiciado nuestra actual situación (petróleo y otras vainas internacionales aparte) están los constructores. Esos personajes engominados que van por la autopista a 180 por hora montados en unos coches muy caros, de esos que se dejan aparcados a la puerta de un burdel de lujo o en el garaje del pisito regalado a la amante correspondiente.
Por eso me escuece un poco el último anuncio de Zapatero, confirmando que el Gobierno echará un cable a los mangantes de las inmobiliarias para que sobrevivan, los pobres, a la quema de un sector que el Estado debería controlar. Más aún teniendo en cuenta que el funcionamiento de ese sector está directamente relacionado con el derecho constitucional a una vivienda decente.
Me hace también mucha gracia (hoy toca palito a ZP, me temo) que la contraprestación a la ayuda sea fomentar el alquiler. Supongo que de pisos que cuesten 1.000 euros al mes a un inquilino necesitado de avales bancarios, fianzas de risa y un recto de suavidad incontestable.
En definitiva, que Zapatero hace lo mismo que haría Rajoy (ése tampoco se escapa porque en esto, diga lo que diga, viaja en el mismo barco). Salvar a los de siempre y no enfrentarse con el valor que se le pide a un presidente a un problema que, lejos de acabar, proseguirá a lo largo de los años hasta que un día la maquinaria se rompa y alguien decida que ha llegado la hora de pintar un cuadro sobre la Bastilla. En versión española, naturalmente.











