Aunque es ahora cuando acapara la atención mediática, la batalla por la libertad en esta lejana región asiática no es de hoy. Detrás de las imágenes de lucha y protesta que recorren el mundo desde marzo, hay medio siglo de genocidio y opresión.
La historia de dominación china sobre el Tíbet se remonta a 1950, cuando el ejército de la recién proclamada República Popular de China irrumpió en el país con la excusa de expulsar a los casi inexistentes extranjeros. Más de cincuenta años después, todavía permanecen en los pueblos y ciudades tibetanas.
Desde la primera revuelta, en 1959, son ya décadas de sufrimiento y represión bajo las espaldas de un insumiso pueblo que no se resigna a vivir bajo la dominación del gigante asiático.
Eran finales de los cincuenta cuando las calles de la ciudad de Lasha, capital de país, se llenaron con cientos de miles de tibetanos que reclamaban la independencia.
El pacifismo de los manifestantes chocó con la brutal represión de las tropas chinas, que aplastaron las protestas a costa de 90 mil muertos.
Una historia de represión y genocidio
A la masacre le siguió una avalancha de exiliados; entre ellos, el Dalai Lama, líder espiritual de los monjes tibetanos y, desde entonces, símbolo de la sangrienta opresión de Pekín.
En más de cinco décadas de invasión, los crímenes y la destrucción no han dejado de repetirse, década tras década, en cada intento por despertar de una pesadilla que todavía hoy perdura.
Condenada a una vida de persecución y muerte, generación tras generación, el pueblo tibetano mantiene, sin embargo, sus ansias de libertad y el sueño de recuperar su historia.
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