En el Summer Case compartieron escenario grupos de jovencitos, como The Kooks o Kaiser Chiefs, con músicos de la quinta de sus padres.
ANA BOYERO
Un globo con propaganda de una marca de vodka hacía las veces de boya en el cielo de Boadilla del Monte (Madrid) y servía de guía a las hordas de modernos que buscaban, asfixiados, la entrada del festival.
El camino que llevaba desde la parada del metro hasta las taquillas estaba rodeado de chalets unifamiliares. En el suelo podían verse minis y alguna que otra lata de cerveza, aunque la mayoría de los envases que se amontonaban en las papeleras y en los bancos eran tetrabricks vacíos de zumos multivitamina. La gente apuraba sus bebidas en las filas de acceso al recinto (no estaba permitido introducir botellas) mientras los rezagados corrían a las taquillas para cambiar 75 euros por una pulsera; es decir, diez euros de multa por no haber sido más previsores.
Dos gemelas y tres guitarras
Dentro, tres escenarios que iban a disputarse la atención de los asistentes. En el Escenario Movistar, el más grande, estaban The Breeders, uno de los primeros grupos en actuar. La que fuera bajo y segunda voz de los Pixies, la banda alternativa por excelencia, y su hermana gemela comenzaron a tocar los melancólicos acordes de No Aloha sin sus compañeros, que se fueron incorporando a medida que avanzaba el tema .
Un trío de guitarras que encandiló al público con sus grandes éxitos, entre los que se encontraba, por supuesto, Cannonball. No lo consiguieron, sin embargo, con algunos de sus nuevos temas -quizás demasiado grunge, o simplemente aburridos, para las ocho de la tarde-. El caso es que ese momento fue el que algunos aprovecharon para acercarse a las barras y alquilar (o rellenar) vasitos de plástico azul de escasa capacidad. Costaban un euro y, además de facilitar el reciclaje y evitar el vertedero de envases que se vivía fuera, contaban con un mini mosquetón para llevarlo colgado, convirtiéndose así en el perfecto souvenir del festival (porque las camisetas oficiales costaban lo mismo que un tercio de la entrada).
Las versiones son garantía de éxito
A las nueve se esperaba a uno de los grupos míticos del cartel: The Stranglers. La edad media del ecléctico público superaba la que se vio en el resto de conciertos. Arropados por cortinas de humo, comenzaron con temas New wave bastante lentos que motivaron los murmullos de un sector de los asistentes que, a gritos de “más rápido”, se impacientaba por escuchar los temas más punkis de la banda. La pesadez inicial dio un giro a raíz de dos versiones: Walk on by y All day and all of the night, que arrancaron (por fin) a bailar a los asistentes. A continuación, más velocidad y una despedida perfecta que dejó buen sabor de boca. No more heroes, como no podía ser de otro modo.
Por los tres escenarios desfilaron los grupos que el sábado actuarán en Barcelona: The Kooks, The Raveonettes, Kings of Leon o Los Planetas. Pero además de música, hubo chupitos gratis (uno por cabeza), zonas de descanso con pufs y un buen uso de los videojuegos –karaoke y simuladores de guitarras y batería- que hicieron más entretenida la espera del gran momento de la noche, programado a las 23.30.
Carne de escenario
Llegó la hora y allí estaban. “Puntualidad inglesa”, señaló algún graciosillo. Pasado el shock inicial de ver que Johhny Rotten había cambiado los imperdibles por una camisa gigante a rayas, que el guitarra tenía pinta de amar a partes iguales la cerveza y el sofá, y que el bajo presumía de una estética más parecida a la de un votante del Partido Popular que a la de una vieja gloria del punk, no hubo nadie que no se dejara conquistar por la voz desgarrada y en forma del cantante de los Sex Pistols.
Quizás un concierto demasiado largo para un festival de verano, nada menos que hora y media, en el que el abuelo Rotten demostró que los años no le han quitado las ganas de comerse el escenario. No sólo alardeó de cuerdas vocales –que enjuagaba de vez en cuando con whisky- sino que fue el centro de atención absoluto gracias a sus muecas, sus bailes y las obscenidades que tanto gustaron a las pocas crestas allí congregadas.
Alternaron viejos éxitos con nuevas canciones –algunas demasiado largas-, y consiguieron que más de uno abandonase las primeras filas, incapaz de soportar el ritmo de baile y empujones que allí se vivía. Para más inri, los pateos propios del pogo levantaron la polvareda de un incomodísimo suelo de arena y piedras. Pero casi nadie se quejaba, la mayoría de las manos cornudas tenían la actitud necesaria, y Rotten predicaba con el ejemplo.
Hubo que esperar al bis para escuchar lo que sería el gran éxito de la noche: Anarchy in the UK. A pesar de su edad, los ingleses no parecían tener ganas de irse a la cama porque provocaron un segundo bis. Aquellos que no lo aguantaron fueron despedidos por un: “Adiós, idiotas”, y desde el escenario no se desaprovechó la oportunidad de soltar propaganda política de reivindicación antiamericana y facilona.
En resumen, los Sex Pistols no decepcionaron. Musicalmente, tocaron mejor de lo que nadie se esperaba. Y tampoco cabe duda de que fueron lo más divertido de la noche, respetando así, el verdadero espíritu del punk.
Acabo de ver en La Sexta noticias (soy un chico Mediapro) que han pillado 75.000 pastillas de éxtasis que iban a venderse en el Summercase. ¿No notaste a la gente de bajón Ana?
Para mí que lo que llevaba Jimmy Rotten era su pijama y lo que bebía y escupía un enjuague bucal :P
BIen, Ana Boyero, bien.
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