El carcelero de Amstteten continúa haciendo caja relatando su macabra historia. En su primera entrevista, narra y justifica sus atrocidades señalando que fue educado en la Alemania nazi.
laSexta|Noticias
Josef Fritzl cada día da más miedo. Su enferma mente no parece distinguir entre el bien y el mal, por lo que se dedica a justificar unos actos execrables con unos argumentos dignos del más grande de los surrealismos.
En esta ocasión, el periódico inglés 'London Paper' recoge la primera entrevista concedida por el carcelero, al Austrian Magacine News, en la que reconoce sin pudor que “fue fantástico tener una segunda familia en el sótano, con una mujer y unos pocos niños”, para que no creciesen solos como le pasó a él.
Fritzl salió al paso de los rumores que le acusan de ser un pederasta y aseguró que no le gusta “el sexo con niños”, a la vez que aclaró que la primera vez que abusó sexualmente de su hija fue en la primavera de 1985, cuando Elisabeth tenía 19 años, y que ella no opuso resistencia “porque no le habría servido de nada”.
Aparte, confiesa que tuvo que violarla porque no se pudo controlar más: “Mi deseo de practicar el sexo con mi hija iba creciendo a medida que el tiempo pasaba”. Así, cuenta como “una noche entré en la mazmorra, la tumbé en la cama y tuve sexo con ella”.
Resulta extremecedor ver como confiesa que “sabía que Elisabeth no quería, pero la presión de hacer algo prohibido fue demasiado fuerte como para aguantarme”.
Sin salida
Acerca del porqué prolongó tanto el secuestro, el carcelero reconoce que “entré en un círculo vicioso del que no tenía salida”. “Con cada semana que mantenía cautiva a mi hija, mi situación empeoraba y mi crimen se convertía en algo mucho peor. Tenía miedo a ser arrestado, por lo que no fui capaz de tomar una decisión”.
Sobre los embarazos y partos en el zulo, el carcelero apuntó que lo tenía todo preparado y que compró “libros de medicina, por lo que ella sabía todo lo que tenía que saber cuando llegó el día”. Además, afirma que llevó “pañales, desinfectante y toallas”, en lo que el monstruo debe considerar un acto de humanidad.
También aclara que traslado a tres hijos a vivir con él, de acuerdo con Elisabeth, porque nacieron débiles y enfermos y su única manera de sobrevivir era estar con su mujer, Rosemarie, a la que califica de “la mejor madre del mundo”.
Cuenta que los secuestrados no intentaron escapar en ningún momento porque les dijo que si intentaban cruzar la puerta morirían electrocutados.
Era mi reino
El carcelero reconoce que puede que alguien descubriese lo que hacía en el sótano, pero “ese era mi reino y solo yo podía entrar”. “Nunca nadie se atrevió a preguntarme que es lo que hacía allí.
Sobre los motivos que le llevaron a secuestrar a su hija, el perturbado asegura que “intentaba rescatarla”: “Se escapó dos veces con personas de dudosa moral. Siempre la traía a casa, pero ella se iba otra vez. Por eso tuve que crear un sitio en el que darle la oportunidad, a la fuerza, de mantenerse al margen de esas malas influencias".
Y es que Fritzl recuerda que, “desde que entró en la pubertad, Elisabeth dejó de hacer lo que yo le decía, no seguía mis normas. Estaba toda la noche en bares y volvía apestando a alcohol y tabaco”.
Al final de la extensísima entrevista, el secuestrador muestra su arrepentimiento y asevera que no quiere morir: “Lo único que deseo ahora es pagar por lo que hice”.
Este viejo carcelero de Amstteten es un sin vergüenza, sin piedad y sin sentimiento,
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