La pasión cristiana se funde con el arte en la Semana Santa. Con el sonido de los pasos, llegan las voces de quienes dedican sus cantes como símbolo de su penitencia. Pero, cantar una saeta no es una tarea sencilla, hace falta más que fervor para despertar la emoción y trasmitir la fe, para eso están las escuelas de saetas.
Entonar con tanta emoción cuando uno esta solo y, a la vez, rodeado de tanta gente es mucho más difícil de lo que parece. Detrás de los cantes hay muchas horas de práctica y dedicación.
Ana, una mujer que acude a una de estas escuelas a diario, nos cuenta las claves de este duro aprendizaje y es que, además de fe, hacen falta buenos pulmones, un oído afinado y una voz bien entrenada.
La respiración también es vital en estos cantes, donde solo las lágrimas y los aplausos de los asistentes reflejaran si se ha conseguido trasmitir la emoción y el fervor de quienes las cantan.
Una tradición con más de dos siglos de Historia
Según los investigadores, hay documentos que certifican la existencia de la saeta en el siglo XVIII, pero no tenían la función actual. No se cantaban en Semana Santa, ni se referían a la pasión de Cristo, sino que buscaban despertar la conciencia de los pecadores.
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