Muchos adolescentes se quedan en casa para estudiar mientras sus padres están de vacaciones, pero la falta de vigilancia puede convertir el castigo en un premio.
laSexta|Noticias
Lo que en un principio estaba planeado como un castigo puede acabar siendo el mejor regalo. Esa es la situación que han vivido muchos de esos estudiantes que han suspendido asignaturas en junio y deben recuperarlas al final del verano.
Estamos hablando de los “estudiantes Rodríguez”, aquellos alumnos que se quedan solos en casa mientras sus padres disfrutan de unas vacaciones bien merecidas.
Los mayores creen que castigar a los chicos sin playa les hará entrar en razón, pero ellos aprovechan para organizar fiestas privadas, alimentarse a base de comida rápida o emborracharse sin peligro a una multa por botellón.
Sin embargo, la calma invade los pisos en el momento en que suena el móvil. Los padres se interesan por lo que hacen sus vástagos, y ellos conocen el papel que hay que interpretar: que están estudiando mucho, que están comiendo todo lo que hay en la nevera, que bajan por el pan a diario, que madrugan mucho y que casi no se divierten.
Todos contentos. El trabajo llega después, cuando los padres regresan y hay que dejar el piso en el mismo estado en que ellos esperan encontrarlo. Es el momento de limpiar y sacar la basura, y de paso estudiar porque septiembre está a la vuelta de la esquina y lo que el teléfono no ha descubierto lo pueden desvelar las notas.
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