Estaba llamado a seguir los pasos de su hermano, el asesinado presidente de EEUU John F. Kennedy. A punto de proclamarse candidato presidencialdemócrata, el sueño volvió a romperse.
“Duermo bien por primera vez en meses”, afirmó Robert F. Kennedy después de haber tomado la decisión de presentarse como candidato a las elecciones de 1968. “No sé qué va a pasar, pero al menos estoy en paz conmigo mismo”.
Con este sentimiento se despidió, aunque sin imaginárselo, RFK de todos sus seguidores. Casi cinco años después del asesinato de su hermano mayor John F. Kennedy en Dallas (Texas), Bobby anunció su intención de obtener la candidatura demócrata para las elecciones presidenciales de 1968.
Su meteórica ascensión en la vida política del país, en donde llegó a ser Fiscal General de EEUU desde 1961 a 1964 y senador por Nueva York desde 1965, tenía un claro fin: la presidencia del país.
La candidatura oficial fue algo que prácticamente rozó tras derrotar a Eugene McCarthy en las primarias de California, aunque se disputaría la nominación con Hubert Humphrey (quien finalmente fue elegido) en la Convención de Chicago.
Sin embargo, pasada la medianoche del día 5 e instantes después de declararse ganador en ese estado en un discurso en el Hotel Ambassador de Los Ángeles (California), una serie de disparos acababan con su carrera y sus sueños. RFK era asesinado por un joven palestino, Sirhan Bishara Sirhan, que le estuvo siguiendo durante toda la noche.
Ferviente activista
Cercano como pocos a la comunidad negra del país y detractor de la pena de muerte, como asesor de su hermano desempeñó un papel fundamental durante la Crisis de los Misiles en Cuba y sus negociaciones impidieron lo que podría haber desencadenado un conflicto nuclear.
Tras su muerte, se especuló con la posibilidad de que Sirhan se sintiera 'traicionado' por el apoyo de Kennedy a Israel durante la Guerra de los Seis Días, que comenzó justo un año antes de su asesinato, aunque antes de que se hiciera pública esa decisión ya existía un texto en el que argumentaba la posible muerte del político.
Fue condenado a cadena perpetua en 1972 y sigue recluido en la Prisión Estatal de California, en Corcoran. No obstante, durante años sobrevoló la sospecha de que su asesinato fuese una conspiración en la que se vio envuelta la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) o que incluso existiera un segundo pistolero involucrado.
Pero Bobby siempre vivió consciente de que podría ser un objetivo del gatillo como lo fue su hermano, de que la maldición de su familia le haría justicia. Era algo de todos sabido, pero nunca le detuvo en su afán por hacer justicia.
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