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Yo casi estuve allí

Para que te hagas una idea aproximada puedes pensar en el instante más cercano al Big Bang que seas capaz de imaginar. Como por ejemplo un segundo antes de esa gran explosión que de repente crea a la vez la masa, el tiempo y el espacio. Piensa en por ejemplo una décima, una centésima de segundo antes de todo. Mi historia en realidad tiene que ver con ese momento.

Era el verano de 1989 y George H. W. Bush estaba a punto de ganar las elecciones y suceder a Ronald Reagan en la presidencia de los Estados Unidos de América. El muro de Berlín estaba a punto de derrumbarse y caer al suelo de una Europa perpleja pero tuerta. En cualquier caso, esto va del instante anterior. De cuando las cosas están todavía a punto de ocurrir.

Era Seattle y el verano de 1989, y por supuesto que aquello ya empezaba a parecerse al avispero social, cultural y musical que acabaría convirtiendo en tan sólo unos meses a una ciudad industrial, helada, deprimida y drogada, en la capital mundial de toda una generación. En cualquier caso, como ya he dicho antes, mi historia, por lo que hoy estoy aquí, ocurre justo un segundo antes. Mi nombre es Jason Everman. ¿Debería decirles algo mi nombre? En realidad no, y de eso trata también lo que aquí se va a contar.

Como decía, me llamo Jason Everman, y por el verano de 1989 ya hacía dos años que había dejado la universidad y trabajaba como representante comercial de una empresa local dedicada principalmente al arenque (en todas sus variedades y presentaciones finales), tenía 22 años y ganaba un buen sueldo a la semana, con el que pagaba una habitación en un pisucho de la calle Everett cuyo mayor atractivo eran unas amplias vistas a un cementerio militar.

Ni que decir tiene que los chicos con los que solía juntarme andaban todos enredados en bandas. Eran sólo chavales, la mayoría de ellos músicos sin talento, sin más horizonte que ir frecuentando cada vez más al camello del barrio hasta desaparecer tras un leve rastro de deudas e impagos. Punkrock, noise, hardcore, postpunk, metal, powerpop… por lo que a mí respecta apenas era capaz de percibir las diferencias. Aún así hacía unos meses que había comprado una guitarra de segunda mano y había comenzado a tomar algunas clases en el garaje de un vecino. Incluso unos chicos de Aberdeen a los que conocía por un amigo común me habían invitado a sus ensayos, y aunque no había tocado nunca con ellos andaban pensado en grabar un disco, y decían que contaban conmigo para la segunda guitarra.

En realidad cosas como esta ocurrían todo el rato por entonces. Quiero decir que la ciudad entera era un hervidero de gente a punto de ponerse a grabar un gran disco, bandas a punto de hacer el concierto de su vida, radios a punto de descubrir la próxima gran cosa. Al final acepté y me pareció buena idea unirme a la banda e intentarlo. La grabación debía hacerse durante una sola jornada porque en principio no teníamos dinero para alquilar el estudio por más tiempo.

Digo en principio, porque al final los 606.17 dólares que costó el estudio lo pagué yo, a pesar de que no llegué a grabar ni una sola nota. El disco lo grabaron efectivamente en una mañana y cuando quise darme cuenta todo lo que hicieron fue incluirme en los créditos del disco como segundo guitarrista. Como agradecimiento, decían. Los conciertos que dimos presentando el disco fueron bastante desastre. Yo no me sentía muy cómodo y creo que no encajaba bien en la forma en la que ellos esperaban que un guitarrista debía actuar en directo. Quiero decir que seguramente era incapaz de sentir aquella energía y aquella rabia con la que los otros tres acometían el repertorio. Lo cierto es que al terminar uno de los conciertos dejé la gira y abandoné el grupo y ni siquiera me quedaron fuerzas para llamar a aquellos tipos y pedirles que me devolvieran los 606.17 dólares de la grabación. Al fin y al cabo empezaba a darme cuenta de que todo -los tipos de Aberdeen, la calle Everett y el cementerio militar, la industria pesquera de Seattle, el muro de la perpleja Europa, la escena musical y discográfica, agosto y todo lo que vendría detrás- todo estaba a punto de estallar.

Jason Everman -nacido el 16 de agosto de 1967 en Ouzinkie, Alaska- se unió a Nirvana en febrero de 1989 como segundo guitarrista. Está incluido en los créditos de Bleach como tal, pero no tocó en ninguna de las canciones. El líder de Nirvana Kurt Cobain dijo que esto fue para compensar a Everman por pagar 606.17 dólares para la grabación del álbum, suma que no fue devuelta. Everman acompañó a la banda en el tour por Estados Unidos para la promoción de Bleach.

Everman dejó Nirvana al final de la gira en julio de 1989 y se unió a Soundgarden el año posterior como el sucesor de Hiro Yamamoto. En abril del mismo año apareció en el video de Soundgarden Louder Than Live y el mismo año dejó la banda, sin haber participado en la grabación de ningún disco. En septiembre de 1994, dejó la banda para unirse al ejército estadounidense.

Su pista se pierde hasta el año pasado, cuando en un artículo de The New Yorker sobre una representación teatral a cargo de marines se recogen declaraciones de uno de los militares. Un tal Jason Everman, que interpreta al Coronel Kurtz afirma: “Me alisté porque quería desarrollar el espíritu salvaje de mi personalidad”.  Actualmente Jason Everman estudia filosofía en la Universidad de Columbia.

Este mes se cumplen 20 años de la edición de Bleach, del que Subpop vendió en su primera tirada 1000 copias. Nirvana comenzó su famoso Unplugged in New York con la canción “
About a girl”, extraída de Bleach. “Esta es una canción de nuestro primer disco. La mayor parte de la gente no lo conoce”. Hoy todavía sigue siendo un álbum de culto.

Hay 2 comentarios de usuarios

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Por pregnancymiraclestq / 26-07-2010

great post, thanks so much

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Por Txemi / 23-11-2009

Qué grande eres. Qué gran historia! A todos nos hubiera encantado ser Jason Everman. Nos pasaron cerca mil historias que podían haber sido y no fueron. Nos rozaron los recuerdos de fama...

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Bloguero Luis Alfaro

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Luis Alfaro

De lo que vamos a hablar es de los discos, de las canciones, de cómo eran las cosas en la época en la que la música era algo urgente. Aquel tiempo en que nos creíamos más grandes que cualquier organismo terrestre. De si la música mantiene aún alguna oportunidad de cambiar nuestra manera de fingir, de bailar, de hacer las cosas. De afectar de alguna manera al modo en que nos peinamos. Por Luis Alfaro: lalfaro@snoticias.tv

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