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Isabel Coixet consigue que me sienta como si alguien me hubiera metido mentos y cocacola por el recto. ¿Son sus gafas? ¿Su mirada de búho puesto de metanfetaminas? ¿Esa sonrisilla maléfica –sí, maléfica- de niña que te vacila en el recreo? ¿Las inflexiones de su voz, de siete coma nueve grados en la escala de Richter?
Me gustaría que fuese algo de esto, o creer, como se lee por ahí, que Coixet vive en un país de algodones de azúcar y confeti, en un anuncio de compresas universal que uno puede ver si se coloca detrás de sus gafas.”Pero no, no my darling, no Gómez, la evolución te dio un cerebro para que no te creas esa patraña: a ti Coixet te pone nervioso porque es mujer”, me digo con voz de doctor Cabrera, y me contesto que sí, que el doctor Cabrera de mi conciencia tiene razón. Entonces me quedo gris y hundido, sintiéndome desfasado, en batín y bebiendo Veterano; más que viejo, antiguo.
No es un brote de misoginia lo que padezco, guarden las dagas, hembras. Lo que ocurre con Coixet es que recorre sentimientos escarpados con unos crampones que yo no me atrevo a calzarme, que escoge senderos por los que nos han enseñado que un hombre no cabe, que nos acaba tocando una fibra que los machos llevamos milenios ignorando que tenemos. Y lo hace todo con un gracejo femenino que nos pilla más lejos que el amor tontolín de Escarlata O´Hara a la sombra de los Doce Robles.
Los hombres no estamos acostumbrados a que las mujeres nos cuenten películas, no al menos cuando la sensibilidad del sujeto que las cuenta es tan exclusivamente femenina como en el caso de Coixet, aunque sus dramas sean humanos y no sólo mujeriles. Por eso pone de los nervios, porque en ella se evidencia que el chiringuito está cambiando la piel. Vivimos el momento en que viene en tromba la mirada de la mujer; con ella, Coixet cabalgando desmelenada, a gritos, siempre dispuesta a recordarnos que el mundo ya no es como nos enseñó papá. Trae un parpadeo sensible y desbordante de cafeína tras las gafas, un parpadeo nuevo que sólo puede existir bajo el cromosoma de Semenya y Marilyn, y es ese aleteo de ojos desconocido, de otro sexo y otro mundo, el que me pone más nervioso que una visita de las amigas de mi madre en mitad de la etapa reina del Tour de Francia.
Después están sus pelis, que tienden a gustarme más en la medida en que se alejan de las plataformas petrolíferas. De cómo le sentarán a la efervescencia de Coixet las luces de Tokio no tengo idea ni altas expectativas, pero tengo por seguro que me asomaré al mundo por sus ojos de mujer, porque ya es hora de que en ficción se consolide el espectador macho travestido, aunque la temeridad me lleve, lo tengo por seguro, al borde del colapso cardiovascular.
"Los hombres no estamos acostumbrados a que las mujeres nos cuenten películas" tu santa es una idem, yo no es que este acostumbrado, es que vivo en una sesión continua
Te van a crecer las pestanias (con enie, claro).
BRA-VO.
laSexta fichó a Gómez y a Rodríguez en la cúspide de su fama, cuando triunfaban en las salas más decadentes del desierto de Nevada con una mezcla de country y flamenco a dos guitarras y cuatro tacones con tachuelas. Los directivos de laSexta les prometieron un certificado de penales limpio y dos comidas al día. Gómez y Rodríguez, Rodríguez y Gómez, no pudieron más que conmoverse y aceptar. En sus primeras semanas en España estrenaron mudas frescas y un blog. El blog se llamó El Jardín y las mudas frescas quedaron templadas y anónimas para siempre. Gómez se encargó de la parte escrita, Rodríguez de la dibujada. Aún hoy, sobreviven como blogueros de fortuna.
Blog de Vida urbana
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