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No suelo hablar de festivales porque no suelo ir a festivales. Me da pereza la masa de gente sudorosa, el calor, la publicidad en cada stand, los mercadillos de segunda mano, el tener que estar de pie viendo a los músicos al fondo o, para verlos de cerca, arriesgarte a morir como consecuencia del codazo en el pómulo de una mala bestia que consiga que te ahogues con tu propia sangre y caigas al suelo del solar de arena y piedras y notes cómo cinco gigantes vestidos de negro bailan sin escrúpulos sobre tu estómago como si fueran una insensible y arrítmica manada de ñus… y tú, consciente de que vas a morir antes de que rescate el Samur, intentas darte a ti misma un final digno mirando hacia lo que recordabas que era un cielo estrellado pero al abrir los párpados cubiertos de tierra encuentras que entre la luna y tú se interpone el plástico del mini con restos de cerveza caliente y babas que se volcarán violentamente sobre tus ojos causándote ceguera y escozor. Todo esto, no lo pierdas de vista, ocurre mientras suena a todo trapo tu canción favorita (que desde entonces pasarás a odiar) de ese grupo que era mítico en los 80 pero que el verlos en la actualidad te ha hecho darte cuenta de que son unos ancianos que molaban mucho más en el vídeo de Youtube que alternaba fotos en blanco y negro de cuando ellos tenían tu edad y no la de tu padre. Y entonces pierdes el sentido: herido, decepcionado, y apestando a alcohol ajeno. Eso es un festival de verano al uso y por eso no me gustan.
SIN EMBARGO, gracias al cielo, no todos los festivales son así. Hay algunos que te permiten disfrutar de la música sentadita en tu butaca, y que en vez de escenarios desmontables cuentan con salas de conciertos e incluso auditorios donde la calidad del sonido es estupenda; festivales en medio de una isla donde en pleno julio puedes pasear con sandalias pero sin sudar como un pollo, disfrutando del sol sin necesidad de emplear visera, e incluso poder llevarte una chaquetita en la mochila porque por la noche refresca (lo justo para que a las once resultes supermona frotándote los brazos, logrando que alguien –apuesto, inteligente, sensible y a la vez tremendamente varonil- te preste su chaqueta).
Festivales donde las canciones han servido antes para acompañar y dar más sentido a secuencias de película. Festivales donde no vas a ver a los artistas de lejos sino en los que tienes a los compositores al lado, no solamente durante los conciertos en los que las orquestas interpretan sus temas, sino durante charlas y coloquios... Donde resultan accesibles y tomarte una cocacola con ellos no es una idea de loca desequilibrada, sino una cuestión de ser valiente y saludar en inglés. Festivales donde el equipo mima a todos los asistentes, donde se ha trabajado durante un año entero para conseguir que músicos, agentes, periodistas y público se vuelvan a casa con la sensación de que han sido partícipes de algo muy especial.
Mi gran pena es no poder ir este año a Tenerife para disfrutar de mi festival favorito, Fimucité, que reúne a compositores internacionales de bandas sonoras que ponen sus temas en las manos del apasionado Diego Navarro y la orquesta de Tenerife. En esta edición asistirán Carter Burwell (“Arizona Baby”, “Fargo”, “El Gran Lebowski”, “No Es País para Viejos”…), Bruno Coulais (“Los Chicos del Coro”, “Los Mundos de Coraline”) y Bear McCreary (banda sonora de la serie de televisión “Battlestar Galactica”). Además, habrá superhomenajes a John Williams y Alex North. Aquí podéis ver todo el programa (conciertos, proyecciones de películas, coloquios) pero yo ya os adelanto lo mejor en mi humilde e impresionable opinión: ¡Van a tocar el tema principal de Jurassic Park!
En fin, no seáis tontos y si tenéis unos días a principios de julio (del 5 al 11) largaos a Tenerife y vengad mi ausencia.
¿No hay películas sobre perritos de las praderas? Otra agresión a tan noble animal...
Yo, si una mangosta gigante no acaba antes con mi vida, iré a Fimucité. Iré, escucharé y trataré de petarlo. Estoy contigo, sabio Mameluco. John Williams es como Dios, pero con gafas. Creo que sería capaz de pegarme con personas por defenderle.
Para Freud-Seraphin Stanlake: ¿ah, si? Pues ya sabes lo que sentimos los de Tenerife cuando por obligación tenemos que viajar a la Península, porque la misma distancia que os separa a vosotros de nosotros es, más o menos, la que nos separa a nosotros de vosotros.
Nos gustaría ir, pero no sabemos si dejarán entrar animales. Por otro lado, a Conejo le da miedo que toquen la banda sonora de Tiburón. De pequeño le mordió un escualo.
John Willians es Dios o algo parecido. Me acuerdo de esas cintas de cursos de inglés grabadas con la BSO de Indy y la última cruzada o el disco de vinilo de lo mejor de su colaboración con Spielberg (no salían ni Jussaric Park ni La lista de Schindler porque no se habían hecho, ajajaja...)... ¿Dónde se fueron tantas cosas de esa época? No sé. Ya me estoy yendo por la parra... Si a la música sentados, sea cual sea.
¡Bienvenidos a Raza Becaria! "Dale un blog y que se calle" fueron las palabras con las que mis jefes aprobaron este proyecto. Aquí hablaré de cultura (entre otras cosas), tratando de no resultar un sopor, para lo cual agradeceré infinitamente vuestra participación. Quejas, sugerencias e invitaciones de cumpleaños: ANABOYERO@GMAIL.COM
Blog de Vida urbana
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