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¡Qué bueno es! Corro detrás de las palabras tratando de encontrar las que descifren todo lo que pasó por mi cabeza y por los dedos de mis pies aquella noche y no soy capaz. No doy con ellas. Pienso que quizá todas las palabras sean pocas y, también, que pocas palabras sean demasiadas. Que los sonidos que salieron de ese escenario… mejor aún, que los sonidos que llegaron a mis oídos sólo los podré escuchar yo de aquella manera… son mis sentimientos… mi modo de vivir esas canciones. Nunca tendré la posibilidad de explicar lo que Benjamin Biolay consiguió generar en mí.
Esa sensación de estar admirando a un tipo especial… que mezcla la clase de Jean Paul Gaultier con la extrema delicadeza moral de otro Jean Paul, Sartre. Un hombre que pasea un traje elegante por las profundidades más sórdidas. Las profundidades de la chanson francaise. Porque su manera de cantar, su voz, coloreada por el humo de sus incontables cigarros, es tan profunda como mirar a tus propios cadáveres a los ojos. Doloroso y valiente. Sincero como un ataque al corazón.
Y tiene el suficiente valor como para recoger todo lo que queda de la chanson francaise y convertirla en música de baile. O en un discurso cantado. O en un melodrama a dos voces cediéndole a su atractiva arpista el protagonismo en unos largos minutos en los que él se ausentó.
Biolay es capaz de hacer canciones tan redondas que da miedo escucharlas demasiado, por si acaso la rutina termina matando las sensaciones que producen. Es responsable de un disco soberbio, que se hace personal en los oídos más que en la garganta. Pero además está rodeado de una calidad musical muy trabajada. Donde, desde la constante batería hasta los lamentos del theremin, empujan a ese tobogán en el que montamos todos. Y poco a poco, al salir de la sala, uno a uno vamos cayendo en la espiral dibujada con mano firme pero lenta.
Manos en los bolsillos, silenciosa voz profunda, el flequillo cubre un solo ojo, la cabeza se ladea, la mirada no busca, vaga, el paso al caminar es un dormir una noche en la calle, hace frío, el cuello de la chaqueta sube, empieza a llover, muy fino, como agujas, alguien baja una persiana a lo lejos y, más lejos aún, ladra un perro, sobre el silencio de la noche se yergue el sonido de los pasos propios, de un arrastrar sin meta, de la respiración constante, del ascender del humo del cigarro, la boca sabe aún a ginebra y a tabaco y a más de un amor que casi parecía olvidado, pero la memoria ya no busca qué recordar porque todo se ha perdido y, precisamente por eso, todo, absolutamente todo, está aún por conquistar.
Herido y abandonado en la trinchera sólo quedan batallas que ganar.
la serie definitiva después de LOST. Te ha pasado? http://www.youtube.com/watch?v=OocIKmuH450
Este blog nace cansado, agotado de dar brincos y sonreír. No hay críticas. No hay quejas. No vamos a despellejar a nadie porque, en general, nadie nos ha hecho nada. No vamos a explicar por qué nos peinamos así (qué más quisiéramos). Sólo vamos a compartir esos momentos en los que se apaga la luz, la gente grita y alguien decide ponernos los pelos de punta tocando en los sitios adecuados. Porque, como dijo el filósofo: "Nena, las teclas... son notas". La banda la forman Txemi Terroso a las letras y Óscar Giménez (www.oscargimenez.com) a las ilustraciones. Gracias por venir. Empezamos...
Blog de Vida urbana