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Violencia de género

El miedo y las víctimas

La violencia machista es una lacra extendida en nuestra sociedad, que no conoce de condición social, nivel educativo, edad o profesión. La presión psicológica y la dependencia del agresor terminan con la voluntad de las víctimas sea cuál sea su origen y circunstancia, una debilidad que condena a la mujer al infierno del maltrato, pero que puede superarse.

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La víctima

El miedo es, a menudo, la principal barrera que les impide denunciar. Además de los golpes y los abusos, las mujeres son víctimas también una fuerte presión psicológica que, en ocasiones, les impide reaccionar ante el maltrato, abandonar al agresor o denunciar las palizas y amenazas. El miedo les empuja, incluso, a retirar la acusación, un acto que favorece la impunidad del agresor y pone en peligro la integridad de la víctima.

La vulnerabilidad se hace especialmente dramática en el caso de mujeres extranjeras. Muchas de las mujeres asesinadas en lo que va de año eran extranjeras y también, parte de los supuestos agresores. Y el peor dato es que esta realidad se reproduce en las denuncias de maltrato. Una de cada dos mujeres que denuncia ser víctima de la violencia machista es extranjera, según los datos del Observatorio de la Violencia de Género.

La falta de información, la dependencia económica, el miedo a ser deportadas o perder a sus hijos y una cultura de tradición machista son algunas de las razones que condenan a las víctimas. Para ayudarlas, la Ley Integral contra la Violencia de Género contempla medidas de protección, a las que se han sumado diversas campañas de información y sensibilización. También se han incrementado las medidas puestas en marcha desde la Dirección General de Integración, pero queda todavía un largo camino por delante.  

Desgraciadamente las mujeres no son las únicas víctimas de la violencia machista. También los hijos sufren las consecuencias de los maltratos. Son las víctimas colaterales, víctimas que, demasiado a menudo, pasan de ser testigos a ser el objeto de palizas y abusos sexuales.

Las secuelas psicológicas de esta experiencia marcan su infancia y multiplican las posibilidades de que vuelvan a vivir de cerca la violencia. Muchas veces, el miedo les obliga a callar, pero no siempre. El año pasado cerca de 6.000 niños denunciaron ante los juzgados que su madre estaba siendo maltratada.

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