Apocalipsis Rafa: El Origen de Todo
En aquel sublime momento, Rafa agradeció haber empleado el dinero que tenía ahorrado para el tatuaje en un rifle de asalto de plástico, adquirido en los chinos al módico precio de 18 euros junto con un equipo completo de espionaje.
Las viejecitas acechaban con sus paraguas a la entrada del Mercatuna. Habían conseguido erigir una barricada con carritos de la compra sobre la que se alzaba, tiesa como un camélido embarazado, la decana y líder del peculiar grupúsculo asesino.
Gafas oscuras, zapatillas de andar por casa y rulos clavados en la permanente asomaban alrededor de la barricada cual enjambre de abejas cabreadas. No era para menos.
Hacía una semana que los camioneros de toda Europa habían decidido montar una huelga del carajo con el fin de reivindicar una bajada en el precio de los carburantes. El Gobierno, desbordado por la situación, fue incapaz de frenar a tiempo la catástrofe mientras viejecitas y marujas vaciaban los supermercados que, ante la falta de transportistas al uso, andaban bajo mínimos.
Rafa lo había visto venir, qué diablos. Era firme seguidor de Iker Jiménez y sabía que 2008 era el año, y que el Apocalipsis surgiría de un hecho insignificante que bien podría ser aquel. Por eso, cuando con sus mileuristas compañeros de piso vio en la tele las primeras movilizaciones, reunió todo el dinero que tenía para tatuarse una zanahoria en el pito, se calzó las deportivas negras con recámaras de aireación de pega y entró en los chinos imitando la pose de Clint Eastwood en El bueno, el feo y el malo.
Ahora se alegraba, como digo, porque las viejecitas estaban a punto de proceder al linchamiento de una pobre cajera del Mercatuna que, pelo rojo teñido, piercing en la ceja y pechos más bien escasos trataba de escapar de aquel Infierno jurando con lágrimas en los ojos que ni ella ni ninguna de sus compañeras tenía nada que ver con que se hubieran agotado los huevos.
Pero las entrañables viejecitas de brasero en la mesa camilla no atendían a razones. Bastante habían sufrido ellas en la guerra, cago en tó. Así que, deseosas de una cabeza de turco con la que saciar su sed de sangre, agarraron paraguas y garrotas y se dirigieron a la pobre chica que, asustada, se acurrucó junto a la entrada cerrada del supermercado.
Entonces sonó el primer disparo. Una flecha de ventosa, lubricada previamente con la saliva estándar de Rafa, surcó el aire a la velocidad de un galgo exhausto para acabar prendida en uno de los rulos de la más feroz de las viejecitas.
Aquel disparo había bastado para llamar la atención de la multitud sanguinaria que, obedeciendo a una orden de su lideresa de la barricada, desplegó los paraguas en formación de combate, estableciendo una barrera de escudos giratorios que avanzaba con decisión hacia Rafa.
El joven mileurista veía cómo su fusil de asalto era inútil ante semejante estrategia. Las ventosas quedaban prendidas en la tela impermeable, la munición se agotaba y las granadas huecas no iban a servirle de mucho en aquella coyuntura. Sin embargo la desesperación no pudo con él y, guiado por la furia de la batalla, se arrojó gritando sobre las viejecitas, a dos de las cuales dejó espatarradas mostrando las medias de lana, y aterrizó junto a la cajera.
-¿Cómo te llamas? –preguntó Rafa.
-Me llamo Susi –dijo la chica con aire tímido.
-Sospecho que ése no es tu color natural de pelo, Susi.
Rafa arrojó las granadas de plástico, gastó las últimas ventosas y se decidió a sacar de allí a la cajera del Mercatuna aunque tuviera que empeñar sus calzoncillos de lunares para conseguirlo.
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