Contando muertos
Si fuera director de cine porno estaría insensibilizado ante la exposición de escenas sexuales. Afortunadamente, sólo soy periodista y aún respondo ante determinados estímulos. Pero las tragedias, epidemias y los desastres naturales que suceden lejos raramente me estremecen. Acúsenme de insensible, quizá lo soy. Pero comprendan que las cifras de muertos son el pan nuestro de cada día en esta profesión, y la información internacional ofrece a menudo algunas que se escapan a la razón. ¿Cómo puede el viento dejar 22.500 muertos y 40.000 desaparecidos?
Un día nos levantamos escuchando que Nargis ha matado “sólo” a 240 personas, y apenas unas horas más tarde ya sabemos que son 10.000. ¿Cómo es posible? ¿Se equivocan los que cuentan o se equivocan los periodistas? El “balance provisional de víctimas”, esa coletilla tan utilizada, se elabora conforme a las cifras oficiales, es decir, las que difunden las autoridades del país damnificado. Generalmente las hace públicas algún ministerio, pero en ocasiones lo hacen varios, por lo que los números “bailan”. Por ejemplo, el ministerio del Interior puede hacer su propia estimación según los informes de la policía y el ministerio de Sanidad puede difundir sus propias cifras conforme a las víctimas que han sido trasladadas a los hospitales. Eso es un “baile de cifras”, y cuando no hay una diferencia significativa (creámonos que hablamos de números, aunque representen vidas perdidas), señalamos aleatoriamente alguna de las fuentes como referencia para no romperle la cabeza al espectador. ¿Riguroso? Tal vez no. Pero se aceptan sugerencias para hacerlo mejor.
Las autoridades, incluso las de Myanmar, también son humanas y no pueden contar todos sus muertos en una tarde. Por eso al día siguiente los diez mil muertos se habían convertido en 22.500. ¿Muchos? Sí. ¿Serán más? Seguro. Si algo tienen los balances de víctimas es que casi siempre son provisionales, y difícilmente sabremos cuántos de esos 40.000 desaparecidos han logrado sobrevivir.
Ningún desastre natural es bueno y no tendría mucho sentido elaborar un ranking de catástrofes. Pero generalmente nos conmueve lo que vemos y no los números, por muy altos que sean. Por eso hoy nos entristecen las imágenes de los tejados abiertos en Myanmar aunque, por poner sólo un ejemplo, las víctimas del conflicto en Darfur se calculen en un millón, y eso si no son dos. La precisión de las cifras se convierte así en algo secundario. Sin olvidar que nadie sabrá jamás con exactitud a cuánta gente ha matado el ciclón.




