Hijo de la Gran Serbia
Despertó en su celda deseando que todo hubiera sido un mal sueño. Pero allí estaba su abogado, preparando un aburrido proceso que duraría meses y que le obligaría a decir “no reconozco este tribunal”. Aunque lo reconociera perfectamente. Era el tribunal que siempre le recordó su propio fracaso. El fracaso de un médico enfermo, de un poeta sin gusto, de un serbio sin Serbia.
Con un poco de suerte podría acabar como el otro, muerto sin juicio, derrotado antes de escuchar el pitido final. Pero su partido llevaba perdido trece años. Toda su aportación a la gloria futbolística de su nación fue su gol en propia meta. Su tiro por la culata. Su asedio al futuro.
Buscó bajo su máscara de abuelo Cebolleta la imagen de aquel flamante presidente, pero sólo halló el gesto enloquecido de un Papá Noel veraniego con el rostro de Nietzsche. Había fracasado. Radovan Karadzic, hijo bastardo de la Gran Serbia, sólo logró avergonzar a su madre Yugoslavia. Por su culpa más pequeña, triste y avergonzada que nunca.




