La expo del barro
A los zaragozanos sólo les falta una costilla para hacer una mujer, el barro les sobra. El corazón del Ebro bombeó las lluvias de Semana Santa (cura lenitiva para penitentes) y la erección en forma de crecida eyaculó sobre las obras de la Expo, todavía vírgenes por nonatas. La cosa acabó como acaban las primeras experiencias desbocadas: mal y pringosa, entre el desconcierto y el desastre.
El pánico no ha cundido porque sabemos que todo estará resplandeciente en la fecha prevista, que es la Expo, no el Ave. Pero, en el fondo, que esté o no esté lista nos suda un poquitín los atributos, porque no tenemos la sensación de jugarnos el prestigio del país en esta feria. Y esa es la gran diferencia con la expo de hace dieciséis años.
En el 92 nos llevó al éxito el miedo al fracaso más que la confianza. Entonces todo tenía que salir perfecto porque la lupa del mundo se iba a posar sobre nuestras hombreras y nuestra cintura alta, y nos inventamos a ese pájaro de pico fálico y barriga cervecera al que todos llamamos por el nombre desde el primer día. Pero, ¿cómo se llama la mascota de la expo de Zaragoza? Podría mirarlo en google, pero no sería sincero. Cuando fue en Sevilla, la Expo y Curro estaban en los helados, en los peluches y en las pegatinas de los coches, hoy no creo que nadie espere una implicación colectiva como aquella.
Seguramente esta pérdida de ilusión signifique que hemos madurado como sociedad y que un farolillo y cuatro banderines colgados en la plaza del pueblo ya no nos hacen perder el culo por ir a la verbena. En esa madurez estaba pensando esta mañana cuando he visto a una ex actriz porno sometiéndose a la sodomía del programa de Ana Rosa, que dilata menos que la otra, pero jode más, y no sé, no sé si hemos madurado tanto.




