La huida de Riggor, V
Ayer temí por mi vida, más concretamente, por el sentido de mi vida. La iglesia a la que me llevó Mijail estaba vacía, no había viejas, ni penitentes postrados, ni pecadores redimiéndose encendiendo una vela. No había ni Dios. Mijail no le hizo caso a la cruz, ni al agua bendita de la entrada. Caminamos por el costado, pegados a la pared, en un silencio consciente. Cuando llegamos al altar, escuchamos una respiración entrecortada, de coche viejo y de perro fumador. Si hubiéramos tenido pistolas, las habríamos sacado en ese momento.
Atravesamos tres puertas y un pasillo. El olor a geriátrico y a baúl se iba intensificando conforme el espacio se hacía más estrecho, comenzó a hacer calor, un calor húmedo, de charco y de paredes desconchadas. Pensé que habíamos cruzado el trópico en el centro de Bielorrusia. La respiración temblorosa se iba aliñando con gemidos tímidos, entre el placer y el llanto de baja frecuencia. Mijail gritó un nombre, era obvio que tenía confianza con el cura. Obtuvimos un gemido por respuesta.
Entramos en la habitación como bestias y al instante nos sentimos ridículos y desproporcionados, como un stripper en el Consejo de Administración de Gazprom. Había un calendario con la foto Bartolomé I, un santo fosforescente sobre la mesilla de noche, una pera para encender la luz en el cabecero y, tendido sobre una cama que podría haber pertenecido a Ricitos de Oro, un octogenario vestido de sacerdote. Tenía los ojos entrecerrados y le caía una baba de placer hasta la barbilla. Mijail le dio un par de cachetes y el cura gimió, pensé que le iba la marcha. Después se opuso con fervor a que llamásemos a un médico y dijo que nunca, nunca, había estado mejor, que llevaba cuatro días seguidos en éxtasis, que aquello era una transmigración en vida, que quería escribir versos y embadurnar con su fe el mundo entero. Entonces comenzó un recital que duró tres horas, sólo fue interrumpido, a ratos, por espasmódicos trances de placer y misticismo.
Cuando terminó aquellas improvisaciones que supuse dogmáticas y religiosas (Mijail se cansó de traducir al tercer verso), le preguntamos por Riggor Hully. Entonces estalló en el orgasmo de una ballena metida en el cuerpo de un colibrí. Creí que lo perdíamos. El placer lo tiró al suelo, lo zarandeó, levitó, vio a Dios y a Cristo en nuestras caras, lloró por la desmesura y cacareó de memoria la vida y muerte de San Miroslav, mártir, una docena de veces. Cuando se calmó, volvimos a pronunciar el nombre de Riggor Hully. La traca estalló de nuevo. Aburridos de tanto placer ajeno, nos marchamos.
-San Miroslav murió de placer, ¿lo sabías?
No, no lo sabía. Y tampoco sabía que hay una sociedad hedonista dedicada al santo en Minsk.
-Se reúnen los viernes por la noche -dijo Mijail, y me miró como si se le hubiera ocurrido una travesura.




