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GANAS DE GANAR

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EL JARDÍN
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Contador

Lo habíamos olvidado durante años; los suicidios, las decepciones y los eufemianos contribuyeron a ello. Pero del ciclismo, del verdadero ciclismo, no podemos escapar los que nacimos en España a principios de los ochenta y rondábamos los diez años cuando Indurain nos enseñó qué era eso de ser Dios encima de una bicicleta.

Los grandes ciclistas marcan a generaciones enteras. Mi padre, que nació en el cuarenta y ocho, era de Anquetil, y contaba historias de etapas épicas en los Alpes y de finales en llano en los que los sprinters doblaban las bicicletas. Y luego estaba Palazuelos, el del taller, que siempre iba con la baba y el pañuelo y ese ligero gangoseo. Y decía que había corrido una Vuelta a España, y los corredores de sus historias tenían siempre nombres de animales y de traperos y de delincuentes; como el Cadenas, del que decía que era un tipo que se enganchaba a los otros ciclistas para subir los puertos. Era raro, pero Palazuelos había nacido en los años treinta y era gangoso, así que cualquier cosa era posible.

Yo nací en el ochenta y tres, cuatro meses después que Alberto Contador. Así que me imagino que él flipase como yo flipé con Indurain. Que jugase a ser Miguelón encima de la bicicleta y que imaginase, como yo imaginé tantas veces, que ganaba el Tour y ganaba el Giro, y barría a todos los bugnios, los chiapuccis y romingers en la contrarreloj.  

Ayer, Contador terminó de ganar el Giro casi sin pensarlo. Estaba cumpliendo un sueño que soñamos todos los que nacimos en España a principios de los ochenta y nos dejamos engatusar por un navarro. Estaba haciendo lo que todos deseamos poder hacer algún día y ya no haremos nunca. Ayer, cuando él cruzó la meta y disparó, pensé: “alguien lo ha conseguido”. Y fue como si todas aquellas pedaladas hubieran llegado a la meta con él. Gracias, Alberto, por la parte que aún me sueña.

Madina y la hidra

Al Thierry detenido se le caían babas sin cabales a cada decibelio; esposado, seboso y sucio, veía acercarse el bosque de Birnam en los objetivos y en los flashes de los cámaras que esperaban la salida del caldo más avinagrado de Burdeos. Entonces, la cabeza de la serpiente se transformó en cabeza de hidra, y de la repugnancia pasó al ridículo a golpe de víscera, berrinche y sudor. No le hicieron falta más que un par de exabruptos y algún gora para que, donde queríamos ver a un mierda, viéramos a un loco. Después se cerraron las puertas del Megane y Thierry se fue a París a escuchar su condena.

Hoy, en el Sexto Grado, hemos preguntado a Eduardo Madina por el folklore de Thierry. Madina no se altera cuando habla de ETA, ni parece que se le acelere el pulso, ni desenfunda un índice acusador de atril y mitin para meternos por los ojos dos cojones y firmeza ante el terrorismo. Madina mira menos de un segundo al suelo cuando recibe la pregunta, nos parece que busca un recuerdo, pero encuentra un par de textos y responde que Thierry podrá aprovechar la cárcel para "leer más y gritar menos".

Entonces, uno se imagina a Thierry mareado por veintitantos años de huida de peonza, cada vez más encerrado de gafas para adentro, alimentándose como un pollo con el odio que regurgitan cuatro pájaros que van de un lado a otro de la frontera. La endogamia empobrece la mezcla y a Thierry se le enturbia tanto la mirada que ya no vale ni para tuerto en el país de los ciegos. Entonces viene Madina y da en el clavo: lee, Thierry, te secará las babas, quizá te devuelva al mundo, hasta es posible que tú te veas ridículo y te recuerdes como un loco. Hasta es posible que dejes de comprenderte y no creas haberte comprendido. Hasta es posible que seas tú quien vaya, algún día, al encuentro del bosque de Birnam.

Una consideración meteorológica

Da igual que llueva estos días y que mayo se parezca a octubre, los testículos ya han comenzado la temporada de verano; se sueltan, distienden la piel que los cubre, diseñada más para pericarpio de fruta amazónica que para revestimiento del alma, y se acaban pegando a las cachas como adolescentes en celo al sobaco de un artista diseñado por el marketing y la cera capilar. Para colmo, los estilistas, siempre arrodillados ante el axioma que dice que para presumir hay que sufrir, me han colocado unos pantalones pitillo, que son, como su propio nombre indica (y sin inducirles a ustedes a presunciones de prestaciones pretenciosas por mis partes), para pitillos.

Podría ahora hundirme, renunciar al testículo, cambiar de hemisferio o regresar al slip de caballero, pero, algo, algo epidérmico sin duda, me empuja a la búsqueda empírica de una solución. Me siento el David Hume de los colgantes genitales. Sin embargo, se lo avanzo ya, oscilo de decepción en decepción como un marianista escuchando "La Mañana" de la Cope.

Abrir las piernas erguido es inútil además de agotador y ridículo. Hacerlo sentando disimula más, pero el ángulo que sospecho necesario para evitar la adherencia está sólo al alcance de Gemma Mengual, y ella, deduzco, no tiene este problema. También he probado ejercicios de estiramientos atléticos, poniendo una pierna sobre la mesa y fingiendo dolor de espalda, pero esto sólo despega un huevo que, además, vuelve a encontrar cobijo en la pierna cuando la postura es de nuevo apta para la vida en sociedad.

Quiero una solución, una luz al final del túnel, un atisbo de esperanza. No estoy dispuesto a soportar otro verano de cojón pegado. Lo siento por los conformistas de la antropoforma, pero llamo a la rebelión corporal, levantemos los adoquines de este mayo de 2008 y hagamos la revolución contra el cojón. Si no, terminemos, al menos, con los pantalones pitillo.

La huida de Riggor, VII (y último)

Mijail no volvió y yo me dediqué a fenecer durante unos días; cuatro días. El tipo del hotel me pasaba comida y píldoras sin receta para encapsular el dolor. Memoricé las manchas de humedad del techo y desmenucé el olor del cuarto hasta extraer de él todos los elementos. Olía a hongos, a ropa sucia, a sábanas de cama deshecha y a tabaco, ese olor a tabaco que cuelga de las cortinas y de las paredes, el mismo que amanece pegado al paladar cada mañana. Pudo ser ese olor, pudieron ser las píldoras o pudo ser la borrachera pateada por resacas con billete de ida y vuelta, lo cierto es que algo me fue alejando de Riggor, de su huída y de los primeros días en Minsk. Como si esos recuerdos pertenecieran a otro y yo los conservase como se conservan las historias que se oyen por azar en el metro; como un baile de cuerpos sin rostro que caminan sobre ningún suelo; en esa nebulosa en la que viven los sueños, los olvidados y los muertos.

Entonces el mundo amaneció otra vez, y era jueves, y busqué sobre la mesilla una ración de píldoras, y me palpé con la lengua un desierto en el paladar, y, cuando los ojos se reconciliaron con la luz, vi a Riggor. Estaba sentado en la butaca polvorienta de la entrada, no se había quitado el abrigo, me imagino que por asco, por no mancharse el traje. Iba recién afeitado y parecía que nunca había olido a costo y a putas.

-Are you waiting in Saigon? –dijo.

-Shit, I´m still only in Saigon… -y creo que le sorprendió que recordase la película.

Encendí un cigarrillo. Permanecimos callados, a mucha distancia, separados por más de diez años de silencio. Riggor se levantó y caminó por el cuarto, haciendo inventario metal de mis inmundicias. Después se detuvo, miró al techo y dijo que no iba a volver a Houston. Se me acercó, me puso una mano en el hombro y me susurró al oído que había inventado la felicidad. Entonces ponle un lazo y véndela en EEUU, allí te darán más dinero que aquí por ella, contesté. Allí mueren por buscarla, pero matarán a quien la encuentre, y se derrumbó sobre la butaca, como si después de decir eso no tuviera fuerzas para permanecer erguido. Es el final del circo, dijo.

Entonces sacó algo del maletín. Supe que era lo mismo que habían encontrado junto al sacerdote muerto, aquella cánula que emitía un zumbido de la que nos hablaron en el hospital.

-Aquí está –dijo-. He traído dos, por si te animas. Estamos produciendo suficientes como para que este país sea el paraíso dentro de una semana –y entró al baño.

Lo dejé dos horas más tarde, tirado sobre la butaca, en camisa, con la ventana abierta, llorando, o gimiendo, o bramando. Masturbado in vitro. Feliz.

Ahora estoy en Madrid, escribiendo este último post sobre Riggor. No he vuelto a telefonearle ni creo que lo haga nunca, al fin y al cabo, un hombre feliz no tiene mucho que contar. Mijail me ha enviado un email esta mañana, dice que lo ha probado, que cada segundo que pasa siente más fe en San Miroslav y más agradecimiento hacia Huly, que no necesita nada más. Dice que lo pruebe, que me ponga la cánula, y no sé, no sé si quiero que se acabe el circo.

La huida de Riggor, VI

Para mi gusto, han pasado demasiadas cosas este fin de semana. Detallo hasta donde el dolor de los dedos me lo permita.
 
1) El cura al que visitamos el viernes por la mañana murió ayer (sábado) por la tarde, diez minutos antes de oficiar misa. Los sanitarios que acudieron a la sacristía dijeron, en declaraciones a la prensa, que nunca habían visto un rigor mortis tan descomunal, y que, si el último grito que exhaló el cura era de placer, aquella muerte era envidiable. Esto no ha transcendido a la prensa, pero alguien en el hospital nos ha dicho que encontraron algo junto al sacerdote; un objeto extraño, una cánula que emitía un zumbido.

2) El viernes por la noche Mijail y yo nos infiltramos en la sociedad hedonista que rinde pleitesía a San Miroslav. Fue un fracaso. Desde el principio, nuestros gestos de gozo no los convencieron demasiado; que yo me declarase, a las primeras de cambio, vegetariano, tampoco les satisfizo mucho; tampoco que pidiera cubiertos y utilizase servilleta para comer brócoli; que no se nos levantara para sodomizar a la oveja podría haber pasado inadvertido, pero, cuando Mijail vomitó la sangre de la mula virgen que acababan de sacrificar en nuestro honor, terminaron por rechazarnos con contundencia. Lo siguiente que recuerdo son cinco nudillos golpeándome con precisión el maxilar inferior. Luego estoy yo escupiendo un colmillo y un premolar junto a un coágulo de sangre que no era de mula. Después está una bota, y después una zapatería entera, lloviendo sobre mi cara. El resto de recuerdos son hospitalarios, y, por lo turbios que se presentan, creo que se me aderezó el ánimo con una dosis de morfina.

3) Esta tarde, cuando nos hemos despertado, entubados y escayolados, alguien había colgado en nuestro cuarto una estampita de San Miroslav. Mijail ha reconocido en eso una advertencia y ha creído que sería más seguro salir de allí por piernas. Después, hemos sumado las muletas. Nos hemos contado las fracturas en el ascensor. A juzgar por las escayolas, él tiene entre cinco y siete, y yo, entre cuatro y diez. Lo mío es más complicado de cuantificar porque debieron de cebarse en mis costillas. Respiro con dificultad y me sorprendo a cada minuto invadido por un pensamiento materno filial en tercera persona del plural: hijos de puta.

4) Acabo de ver a Riggor, en el periódico. Está descubriendo una placa atornillada a un obelisco. Desconozco, como es lógico, quién es el hombre que está a su lado. Si Mijail vuelve de su casa, a donde dice que ha ido para buscar comida, podrá traducirme el artículo. Si no, es posible que dedique los próximos días a fenecer.

Aprovecho este post para decirle a mi esposa que esta noche no voy a ir a cenar. Y mañana, tampoco.

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Gómez

El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.

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Por Carlos / 04 de Diciembre de 2008

La chica se destaca no solo por las fotos sino también por las respuestas a tus preguntas. Me ha gustado mucho la entrevista, y me ha encantado que se cabrease cuando le rechazaron el proyecto del diseño del libro, olé por Marta, por algo está ahi, por empeñarse e...

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Raquel, me encantan tus artículos. Aunque no he estado nunca en la India, al llerlos me parece que estoy viviendo la experiencia. Sigue ilustrándonos con tus artículos, me gustan los mensajes positivos de todo lo que cuentas. Un beso. Elo

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Por Leonardo / 04 de Diciembre de 2008

Cansado estoy de entrar en el blog y hallarme en un estanque. ¿Qué pasa, querido bloguista, tan pronto sucumbes al desaliento? Ánimo, que ésta es tarea de largo aliento, y como Sísifo el bloguero ha de llevar su piedra cada mañana o una de cada pocas y subir...

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Por Lo Guerra / 04 de Diciembre de 2008

Me gusta esto de llevar al gran público material fresco, aunque muchas veces sea difícil acercar el gonzo a todo el que se acerca en busca de información "estándar"... Saludos desde BCN!

En Porno

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Por anhera / 04 de Diciembre de 2008

increible que no lo entienda alguien.. O.o Me ha encantado. Es corto, con contenido y divertido. Aunque lo parezca no es nada facil contar cosas en poco espacio, y que encima gusten :)

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