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EL JARDÍN
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Los que subimos al tren VI

Tardaron poco más de media hora en encontrar el cadáver del francés. Los del compartimento no preguntaron cuando supieron, aunque el tipo de la guitarra me miró cerrando más un ojo que otro y la chica con las mejores caderas a este lado del muro se acercó a mí. Noté su muslo en mi muslo y salivé. La vieja del gallo, frente a mí, había perdido la cordura de la mirada. Se levantó, me tocó la mejilla y dijo Bergseth. Yo contesté.

-Hola, mamá.

-¿Bergseth?

-Estoy aquí, mamá.

-Bergseth, creí que te habían subido a otro tren. Bergseth, Bergseth, Bergseth -se dejó caer. El gallo aleteó. Ella me pasó besos y rímel con lágrimas por la cara. El galló cacareó y saltó. Ella gritó contra mi pecho algo que no comprendí. El gallo se puso a cubierto. Ella lloró, lloró abrazándose a las piernas de Bergseth, lloró mil palabras y un par de gritos.

Después se sentó a mi lado y sacó la fotografía de Bergseth.

-Estas diferente, Bergseth -dijo.

Se abrió la puerta del compartimento. Era el revisor. Me miró y dijo “salga, tenemos que hablar de algo”. La chica me cogió la mano al levantarme. La vieja preguntó “¿adónde vas, Bergseth?”. La chica dijo “Bergseth está muerto, señora, él no subió a ningún tren”.  La miré y se mordió el labio de abajo.

-Aquí te espero- dijo-, si no vienes pronto saldré a buscarte -sentí que el capitalismo brotaba de los escombros de Wall Street, que el Dow Jones marcaba máximo histórico. Tenía 20 años y las mejores caderas a este lado del muro.

Los que subimos al tren V

El francés se arrodilló lentamente. Le quedó la calva a la altura de mi cinturón. Golpearon la puerta.

-Deme el dinero o devuélvame los activos –dijo.

-No puedo –susurré, y palpé el papel rugoso de los activos islámicos. Un segundo después, los olí con la memoria.

Golpearon la puerta. Una voz de garza gritó “¡abra!” o “¿se encuentra bien?” o “no se suicide, amigo”. Noté la respiración lienta del francés en la tela del pantalón. Me miró a los ojos, sonrió y me enseñó de nuevo la llave; sobre la lengua, envuelta en babas. La sacó.

“¡Ya abro!”, gritó y se abalanzó sobre la puerta. Me interpuse. Forcejeó. Quiso abrir. Me noté la mano en la barra del toallero. Se restregó en mis pantalones. Falló al meter la llave en la cerradura. Levanté la barra del toallero, la sostuve un segundo alzada y cerré la mano con fuerza. Oí una nuez partiéndose en su nuca. Después, cayó, despacio, entre mis piernas.

El silencio. Dentro y fuera, el silencio. Dos pensamientos más tarde, el cuerpo del francés dejó de controlar los esfínteres. Le metí la cabeza en el retrete y cerré la tapa. Un cordón de sangre densa le asomó por la boca. Cogí la llave del suelo, abrí la puerta y salí al pasillo; no había nadie.

Cuando llegué al compartimento, la vieja del gallo volvió a llamarme Bergseth. Había algo cuerdo en su mirada.

Los que subimos al tren IV

-Acompáñeme un segundo al baño –dijo el francés de los tomates en los calcetines.

Le dije “no se equivoque” y él me dijo que no se equivocaba. “Acompáñeme un segundo al baño”, repitió, y esta vez lo dijo mientras se levantaba.

Se aseguró de que la puerta no se podía abrir desde fuera. El traqueteo del tren parecía haberse multiplicado. Nos movíamos como juncos. Apenas podía oírle. Desplegó un papel sobre el lavabo, deslizó el índice sobre él un par de veces, de derecha a izquierda, le dio la espalda y me miró a los ojos.

-Son activos islámicos –dijo, confidente, pícaro, con media sonrisa y brillo en los ojos.

-Aquí no le sirve de nada esa mierda.

-Son puros, hijo. ¿Cree que no le he estado observando? Écheles un vistazo. No están contaminados.

-Todo está contaminado –contesté bajando la mirada al suelo; vi que seguía descalzo y que tenía algo gris entre la uña del dedo gordo y la carne.

-Mire el sello: Banco Central del Líbano. Están limpios. No compraron derivados de crédito ni hipotecas basura. Tóquelos. Tóquelos. Nunca ha tenido un material como éste entre las manos.

El sello del Banco Central del Líbano parecía auténtico; el papel era rugoso y la tinta de la estampa se había cuarteado, olían a caja fuerte, a años de clausura bajo llave.

Alguien aporreó la puerta. Me guardé los activos islámicos en el bolsillo interior de la americana. Desde fuera intentaban abrir. Comprobé que no se había quedado nada sobre el lavabo. Miré al francés, abrió la boca lentamente y me la enseñó como si fuera un expositor. Tenía la llave sobre la lengua.

-O me paga, o me arrodillo ante usted antes de abrir – dijo. Yo no llevaba dinero encima.

El editorial de El Mundo

ETA puso ayer  una bomba en la Universidad de Navarra. El diario El Mundo pone hoy en tela de juicio la respetabilidad de todos los partidos políticos de esa comunidad que no responden a las siglas PP.

Lo hace en el primer editorial. Títular: “ETA GOLPEA EN NAVARRA; UPN DEBE RECAPACITAR”.

La versión web es de pago, por eso no hay link, pero os dejo unas perlas:

“”No cabe desligar el atentado de la propia situación política que se vive en Navarra.”

“En la capital de la Comunidad Foral gobierna UPN, y la alcaldesa, Yolanda Barcina –en quien muchos ven a la sustituta natural del polémico Miguel Sanz-, ha sido una de las firmes defensoras de la continuidad del pacto entre UPN y PP”.

“Por la especial situación de Navarra y lo importante que para España es su estabilidad política, aún se entiende menos la poca altura de miras que ha demostrado Sanz al hacer añicos el acuerdo de UPN con el PP (…), que servía para mantener a raya los envites anexionistas del nacionalismo radical.”

Pregunto:

¿Es el atentado consecuencia de la ruptura UPN-PP? ¿Es esa ruptura una "situación política" extraña en democracia o sospechosa de algo?

¿Qué hace a Sanz polémico ahora que no tuviera hace un año y medio, cuando Navarra se vendía y El Mundo lo exhibía envuelto en enseña nacional?

¿La estabilidad política en Navarra pasa necesariamente por el Partido Popular, no hay vida serena entre el PP y “el nacionalismo radical”?

 

                                                                               "Los que subimos al tren" continuará, esto ha sido un inciso

 

Los que subimos al tren III

El tipo de los tomates se levantó, se cambió de sitio las legañas y se estiró todo lo que pudo, como la Reserva Federal cuando le vio las orejas al lobo; justo después de que el lobo le clavase los dientes en la aorta.

-No hace falta que le siga la corriente –dijo señalando a la vieja-, perdió la cabeza después de perder el dinero.

-A los demás fue el dinero el que nos perdió –dijo la narcoléptica-, tampoco hay tanta diferencia.

-En algún momento había que despertar de aquel sueño, niña. Después supimos que tras el sueño venía la pesadilla. ¿Quién lo iba a suponer?

-¡Los hermanos Lehman, desde luego! –gritó la vieja del gallo, y su voz fue como uñas arañando una pizarra.

Se callaron. Vino el silencio, kilómetros de silencio. Escuché el traqueteo del tren, pensé en el mensaje en Morse del revisor, en la vía y en que nunca parábamos en ninguna estación.

El francés de los calcetines con tomates me golpeó con el codo en la cintura. “Acérquese”, dijo. Señaló a la vieja. “Vio la ejecución de los Lehman. Venía de Wall Street. Consiguió cambiar todas sus acciones por ese gallo. Se lo dieron por misericordia.” Asentí, conocía la historia.

La ejecución de los Lehman salpicó a todos los que pasaban por allí; había algo en sus vísceras que los hizo enloquecer. La vieja reaccionó como la mayoría, huyendo. Corrió por la avenida de Roosevelt y llegó al puente de Brooklyn. Allí vio una silueta entre la niebla. Era Alan Greenspan, llevaba una botella de whisky en una mano y un revólver en la otra.

-¡Usted no hizo nada, usted no hizo nada! –gritó la vieja.

-Exacto –contestó Greenspan.

-Usted es inocente –musitó ella.

Greenspan la miró. La miró vacío, tras las gafas, con los ojos diminutos. Posó la botella de whisky en el suelo, buscó en un bolsillo de su chaqueta y sacó un billete de tren. “No lo pierda”, dijo. La vieja lo cogió, mirando más a Greenspan que al billete. “Sale dentro de una hora, si lo pierde, nunca saldrá de aquí.” La vieja caminó hacia la estación, sin mirar atrás. Greenspan cogió el camino más rápido hacia el agua.

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Gómez

El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.

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Por Carlos / 04 de Diciembre de 2008

La chica se destaca no solo por las fotos sino también por las respuestas a tus preguntas. Me ha gustado mucho la entrevista, y me ha encantado que se cabrease cuando le rechazaron el proyecto del diseño del libro, olé por Marta, por algo está ahi, por empeñarse e...

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Por Elo y David / 04 de Diciembre de 2008

Raquel, me encantan tus artículos. Aunque no he estado nunca en la India, al llerlos me parece que estoy viviendo la experiencia. Sigue ilustrándonos con tus artículos, me gustan los mensajes positivos de todo lo que cuentas. Un beso. Elo

En Las fotos de Marsé

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Por Leonardo / 04 de Diciembre de 2008

Cansado estoy de entrar en el blog y hallarme en un estanque. ¿Qué pasa, querido bloguista, tan pronto sucumbes al desaliento? Ánimo, que ésta es tarea de largo aliento, y como Sísifo el bloguero ha de llevar su piedra cada mañana o una de cada pocas y subir...

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Por Lo Guerra / 04 de Diciembre de 2008

Me gusta esto de llevar al gran público material fresco, aunque muchas veces sea difícil acercar el gonzo a todo el que se acerca en busca de información "estándar"... Saludos desde BCN!

En Porno

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Por anhera / 04 de Diciembre de 2008

increible que no lo entienda alguien.. O.o Me ha encantado. Es corto, con contenido y divertido. Aunque lo parezca no es nada facil contar cosas en poco espacio, y que encima gusten :)

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