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EL JARDÍN
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Alonso en la redacción

Todavía me palpita el hipotálamo, Fernando Alonso ha estado en la redacción y yo no he sido capaz ni de balbucearle tengo un Renault Megane. Me hubiera gustado saltar sobre él, llorarle en la pechera al ritmo del cambio de marchas de su bólido, gritarle: ¡Gracias por lo de Hungría! ¡Te hiciste Dios el día que doblaste a Schumacher! Pero no, palidecí, me lo hice encima como Rajoy mirando a Aguirre pisar charcos de sangre. Perdí la presencia de ánimo y empecé a ver que las cosas ocurrían deprisa y raro a mi alrededor. Intentaba hablar, pero era como si los pensamientos se me esfumasen en algún lugar por determinar entre el cerebro y la boca. Quise levantarme y acercarme a él, aun a riesgo de caminar a lo Marichalar por la parálisis nerviosa, pero la silla me hizo vacío en el culo y quedé atrapado.

Al final, nuestras miradas se cruzaron, era inevitable, mi cara de folio blanco tenía que atraer hasta la atención de mis compañeras de Nacional, siempre tan esquivas. Pensé que mi cerebro escupiría algo ingenioso para gritarle. Tranquilo, ya llegará el pensamiento, me dije. Pero no, Alonso me miró como se mira a un gorila del zoológico que blande un pincho de mierda en el dedo. El gorila al menos se come la mierda y eso hace gracia, yo sólo pude levantar una ceja miedosa, como si saludase a un inspector de Hacienda el día del Juicio Final con el IRPF sin purgar. Alonso sonrió, sin enseñar los dientes, pero sonrió. Yo bajé la mirada y me puse a fingir que trabajaba. Si al menos hubiera tomado una actitud creíble…

Alonso ya se ha ido, y yo todavía no he reaccionado. Ahora, cuando el deshielo de los nervios comienza a gotearme por la espalda, me doy cuenta de que en los últimos 14 años he evolucionado menos que la Teoría de la Liberación. Que hoy he hecho la estatua con Alonso igual que la hice con Talan Dujshebaev cuando el Teka fue Campeón de Europa y estreché la mano del mejor central de la Historia. Entonces, en vez de decir enhorabuena, quiero ser zapatilla tuya o Dios es trino y tú eres la hostia, dije: “Encantado”, frío, seco, distante, santanderino hasta la médula. Hoy, ni siquiera he sido capaz de articular palabra.

Los que subimos al tren VIII

El revisor besó la mano fría del francés. Repitió “pobre Trichet, pobre Trichet” hasta juntar todas las letras en un murmullo sin pausas. Se arrodilló. Lloró. Le tapó los ojos al loro. Después lo compadeció. Miró al cielo buscando respuestas y se cegó con la luz del fluorescente. Golpeó con el puño el pecho de Trichet. Le descerrajó un grito en la sien. Se convulsionó. Al final, clamó: “¡Máteme! ¡Máteme como a una perra!”.

-Está bien.

-¿Bien?

-Sí, será más fácil si usted está de acuerdo, se puede hacer algo más creativo.

- ¿Rollo performance?

-No, tampoco somos la Fura dels Baus. Túmbese; boca arriba, por favor. Le voy a abrir las tripas con un bisturí, no le va a doler. Es más, le acabará gustando.

-Pero…

-¿Tiene pipas?

-No, maíces.

-Démelos. Usted ya no los necesita. Consiste en llenarle las entrañas de maíces y esperar a que sea el loro el que le cause la herida mortal. Primero notará cosquillas, después un pellizco. Si no, no se preocupe, yo mismo me encargaré de que se desangre en algo menos de una hora. Será como si se le fuesen acabando las pilas al mundo. Es dulce.

-Pero, voy a tener frío.

-Puede que note algo parecido al frío, pero es un frío que no importa.

-¿Y no hay otro método?

-Le puedo sacar la cabeza por la ventanilla, sujetarlo, y esperar a que una señal o un túnel lo decapiten. Verá el paisaje.

Lo pensó. Sonrió. Le consultó al loro en voz baja. Estuvieron hablando durante unos minutos. Después le preguntó a Trichet, que pareció responder lo mismo que ya le había contestado el loro. “Está bien, está bien”, les dijo antes de dirigirse a mí. No podía contener una risita nerviosa.

-¡Lo de las tripas! –dijo con entusiasmo.

Comenzó a hacer estiramientos, como si quisiera estar en plena forma para la degustación del loro. Calentó también las muñecas. “¿Me quito la camisa o vale con que la abra?”, preguntó. “Quítesela.” Se sacó algo de entre los dientes. Cuando se iba a tumbar, levantó el índice y se detuvo; se le había ocurrido algo.

-Mi última voluntad: déjeme estar tocando los activos mientras ocurre.

-¿Qué activos?

-Los islámicos, Trichet me ha dicho que los tiene usted.

-Trichet está muerto.

-Y yo, a punto. Déjeme tocarlos mientras tanto. Si no, no me matará.

Y sonrió con malicia, como si lo tuviera todo preparado.

Lukoil

   

Los que subimos al tren VII

El revisor me llevó al final del vagón, junto a la puerta del baño donde había ocurrido lo del francés. Respiraba deprisa, haciendo un ruido de fuelle roto. El aliento le olía a musgo, a tierra húmeda, como si hubiera estado escarbando con la boca en El Amazonas para comer raíces.

-Espero no tener que recurrir a la violencia, ya me entiende –y señaló al loro que llevaba en el hombro. El loro regurgitó una cáscara de pipa.

-¿Es usted imbécil? -pregunté.

-No cambie de tema.

-Todavía no hay ningún tema.

-En ese caso, ¿qué le parece lo que ha ocurrido en ese baño? –y dejó de hacer ruido al respirar para vomitar una risita que sonaba como la disección de una rata viva.

-La cortesía me impide comentar lo que ocurre en los baños, caballero.

Dio un paso atrás. Parecía que iban a salírsele los ojos. Levantó una mano y le dijo al loro que se tranquilizase. Se quitó la gorra para secarse el sudor, durante un segundo pareció que por su cerebro estaba cruzando de puntillas un pensamiento sensato. Fue entonces cuando lo reconocí.

-Usted no ha sido siempre revisor, ¿verdad?

-¿Le dice al loro, o a mí? –contestó.

-¿Quién de los dos estuvo en la Cumbre del G-20?

Retrocedió hasta pegarse a la pared. Miraba al loro y me miraba a mí. Cuando miraba al loro había desconcierto, cuando me miraba a mí, pavor.

-¿No fue usted uno de los que dijo que no hacía falta refundar el capitalismo?

Retrocedió hasta la pared. Cuando se quedó sin escapatoria me señaló y le gritó al loro que atacase. El loro no procedió.

-¿Sabe que yo ahora debería matarlo, verdad? -pregunté.

Empezó a murmurar algo, una tautología, un mantra: “El destino se autorregula. El destino se autorregula”. Y no hizo nada más hasta que lo metí de un empujón al baño. Lo primero que vio fue la mano del francés, muerta, en el reflejo de la ventana.

Txeroki, el Tigger de Olaia

De cachorro de la kale borroka a amigo de Winnie the Pooh. La fábula te fue haciendo suyo. El Euskadi que te contaron, donde Sabino daba lecciones de genoma y el vasco, tu vasco, chapoteaba en paisajes tuneados del Génesis, te secó la médula y el par de ideas con las que naciste. Lástima que en el camino hacia el zootravestismo te hayas cruzado con tantos que nunca te merecieron. Que el zoológico te sea largo, duro y difícil; que la sodomía te mire la nuca; que, si vas a salir igual que entras, será mejor que no salgas nunca.

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Gómez

El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.

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En No hay un filtro para Marta

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Por Carlos / 04 de Diciembre de 2008

La chica se destaca no solo por las fotos sino también por las respuestas a tus preguntas. Me ha gustado mucho la entrevista, y me ha encantado que se cabrease cuando le rechazaron el proyecto del diseño del libro, olé por Marta, por algo está ahi, por empeñarse e...

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Por Elo y David / 04 de Diciembre de 2008

Raquel, me encantan tus artículos. Aunque no he estado nunca en la India, al llerlos me parece que estoy viviendo la experiencia. Sigue ilustrándonos con tus artículos, me gustan los mensajes positivos de todo lo que cuentas. Un beso. Elo

En Las fotos de Marsé

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Por Leonardo / 04 de Diciembre de 2008

Cansado estoy de entrar en el blog y hallarme en un estanque. ¿Qué pasa, querido bloguista, tan pronto sucumbes al desaliento? Ánimo, que ésta es tarea de largo aliento, y como Sísifo el bloguero ha de llevar su piedra cada mañana o una de cada pocas y subir...

En No hay un filtro para Marta

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Por Lo Guerra / 04 de Diciembre de 2008

Me gusta esto de llevar al gran público material fresco, aunque muchas veces sea difícil acercar el gonzo a todo el que se acerca en busca de información "estándar"... Saludos desde BCN!

En Porno

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Por anhera / 04 de Diciembre de 2008

increible que no lo entienda alguien.. O.o Me ha encantado. Es corto, con contenido y divertido. Aunque lo parezca no es nada facil contar cosas en poco espacio, y que encima gusten :)

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