Laredo playa
Lo primero que me despertó fue la falta de movimiento, después no me desperté más veces, pero me siguieron poseyendo algunas sensaciones. Y digo poseyendo por decir, porque no creo en las posesiones. Soy agónico, de esos que no creen que dios exista pero tampoco se atreven a negarlo; exceptuando a Neptuno y a la Virgen de Carmen, que sí existen, está demostrado, viene en los libros, en algunos libros, no en todos.
El caso es que estábamos quietos, muy quietos, quietos como no habíamos estado quietos en décadas de estar moviéndonos. Me desperté. Entonces noté que nos echaban agua con calderos y calor, mucho calor. Un calor seco, de aire, un calor de tierra, un calor de superficie.
Alzamos el periscopio y lo vimos: estábamos varados en la orilla y cientos, miles, millones de bañistas nos echaban agua en un intento vano por salvarnos la vida.
Abrimos la escotilla y salimos del submarino. Me cegó la luz, después conocí el horror: cientos de submarinos de todas las épocas yacíamos sobre la playa de Laredo, varados como tontos, incapaces de capacitarnos, esperando a que subiera la marea como se espera plan en una discoteca a las seis de la mañana: con el conocimiento nublado y sin expectativas.
Los submarinos tardaron pocas horas en morir ahogados. Fue horrible verlos agonizar. En total murieron 134 naves; topos que habían surcado el mar desde la Primera Guerra Mundial, otros que habían combatido en la Segunda, otros que nos preparábamos para la Tercera.
La versión oficial es que nadie se explica por qué fuimos todos a morir al mismo sitio el mismo día. La cierta es que fue por culpa de las ballenas, de esos sonidos agudos que emiten y que nos ahondan en las ondas, nos conturban y nos pierden. Por eso, a veces, aparecemos, lozanos y saludables, en una playa cualquiera, para morir despacio entre los calderos de los turistas. Es triste, pero es que las ballenas son unas hijas de la gran puta.




