Dicen de Kelly Hazell que es la sustituta natural de Pamela Anderson. Y la pregunta se impacienta como un colibrí ante un tulipán: ¿Hacía falta una sustituta? La respuesta es sí, y un susurro de impaciencia nos recorre la espina dorsal, y las canas, y la barriga, y las entradas. Señores, ha pasado el tiempo.
Pamela ya no es la que era cuando yo iba al colegio y repartía mis erecciones entre Marlene Morreau (El Semáforo, qué programa), la vigilante de la playa de marras y las fantasías similicoitales con mis compañeras de clase, que entonces eran niñas, pero yo también, y nada de aquello podía constituir delito.
Desde que sé que existe la masturbación (conocimiento que me advino poco después de empezar a practicarla) me vengo preguntando si se notará algo cuando alguien se masturba pensando en ti; no sé, un gozo silencioso y tímido, una pequeña ofensa o una renovada e inexplicable seguridad en uno mismo, dependiendo de los valores y moralidad del fantaseado más que de los del fantasioso.
La pregunta que seguía a ésa era si Pamela sentiría algo especial dado el volumen de masturbaciones diarias que provocaba en el mundo. Me respondí que sí, que desde luego, que las divas de Onán, las que figuran en el top ten del imaginario masturbatorio mundial, escuchaban una voz al despertarse. Algo así: “Hola, Pam, 3546 pajas y 231 conatos. Un 11% más que ayer, que era sabbath y perdiste la masturbación judía. Estás en la media del último trimestre. Tu cotización anual ha subido un 5%. Si los rumores sobre tu portada en Playboy son ciertos, crecerás un 20% al final del ejercicio.” Entonces Pam se sentiría como Dios mientras iba al baño, teniendo la certeza de que el semen del mundo se estaba derramando por ella, y eso, cuando no salpica, no tiene que estar tan mal. A mí esto me parecía una aplicación más de la Justicia Universal, un pago en ego a alguien que confortaba a tanta gente sin recibir emolumentos extra.
Pero esa voz tiene un doble filo. Los años pasan, y un día las pajas empiezan a descender, y eso se convierte en una tendencia, y después en una crisis, y llega la mañana en que Pamela preferiría no tener que oír la voz trayendo malas nuevas. Pero ahí está, diciendo que las cuatro pajas que quedan son más producto del vintage que del deseo; de la nostalgia más que de la pasión; que los cuatro locos que quedan friccionándose la evocan a ella como podrían evocar a Marisol.
Entonces va al quirófano, y aumenta lo que ya era grande, e intenta ponerle botox al paso del tiempo, pero nada de eso funciona; la gente ya no la mira en televisión memorizándola para recrearla después, la miran como se mira a un juguete roto, como miraba la Caballé las cenizas del Liceo, pensando en lo que fue y lamentando en lo que se ha convertido.
Ahora viene Kelly Hazell a cubrir el espacio que ha dejado Pamela. También envejecerá, aunque parezca difícil porque hoy su cotización está al alza y sus pechos parecen naturales (más que naturales, necesarios). Mientras tanto, nosotros, a este lado de la masturbación, seguiremos viendo cómo desfilan y se marchitan mitos eróticos. Parece que no ocurre nada, y que somos la misma mano que en el año 95, cuando Pamela era Pamela. Y sí, lo somos, pero llama la atención que el mito erótico de hoy tenía entonces 9 años, y que cuando Samantha Fox hacía estragos todavía era lactante. Y entonces, el susurro de impaciencia vuelve a recorrernos la columna, y el colibrí inquieto nos aletea en el pecho, y antes de que podamos coger un pañuelo de papel, nos sobreviene una desgana monstruosa, pesada, asfixiante, y sospechamos, casi sin querer, que también nosotros nos estamos haciendo viejos, poco a poco, como nuestros mitos, pero en silencio.