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CASO ABIERTO

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EL JARDÍN
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Listado de posts por la categoría ' Política '

No en la izquierda

Los dos únicos socialistas españoles que votaron en contra de la Directiva Retorno tenían galones: Josep Borrell y Raimon Obiols. El resto votó con la derecha, la ultraderecha y los liberales.

Es difícil renunciar a los principios, pero debe de serlo más renunciar a la disciplina de partido. Qué triste.

Entre tanto, ahí va una sangría de derechos.

Madina y la hidra

Al Thierry detenido se le caían babas sin cabales a cada decibelio; esposado, seboso y sucio, veía acercarse el bosque de Birnam en los objetivos y en los flashes de los cámaras que esperaban la salida del caldo más avinagrado de Burdeos. Entonces, la cabeza de la serpiente se transformó en cabeza de hidra, y de la repugnancia pasó al ridículo a golpe de víscera, berrinche y sudor. No le hicieron falta más que un par de exabruptos y algún gora para que, donde queríamos ver a un mierda, viéramos a un loco. Después se cerraron las puertas del Megane y Thierry se fue a París a escuchar su condena.

Hoy, en el Sexto Grado, hemos preguntado a Eduardo Madina por el folklore de Thierry. Madina no se altera cuando habla de ETA, ni parece que se le acelere el pulso, ni desenfunda un índice acusador de atril y mitin para meternos por los ojos dos cojones y firmeza ante el terrorismo. Madina mira menos de un segundo al suelo cuando recibe la pregunta, nos parece que busca un recuerdo, pero encuentra un par de textos y responde que Thierry podrá aprovechar la cárcel para "leer más y gritar menos".

Entonces, uno se imagina a Thierry mareado por veintitantos años de huida de peonza, cada vez más encerrado de gafas para adentro, alimentándose como un pollo con el odio que regurgitan cuatro pájaros que van de un lado a otro de la frontera. La endogamia empobrece la mezcla y a Thierry se le enturbia tanto la mirada que ya no vale ni para tuerto en el país de los ciegos. Entonces viene Madina y da en el clavo: lee, Thierry, te secará las babas, quizá te devuelva al mundo, hasta es posible que tú te veas ridículo y te recuerdes como un loco. Hasta es posible que dejes de comprenderte y no creas haberte comprendido. Hasta es posible que seas tú quien vaya, algún día, al encuentro del bosque de Birnam.

Sustitutos

Es lunes y voy por Madrid pensando que los chubascos de mediodía ya llevan dos horas largas de retraso. Entonces algo blanco se acerca por occidente, huele a presidenta y trae a los periodistas locos como electrones en órbita; codazos, carreras, guardaespaldas vestidos de ministro y asesores disfrazados de paisano. Ella sonríe, desde el centro del mundo, y el mundo se gira preguntándose quién diablos está ahí. Le va clavando un tacón a cada paso al budú de los que tienen que temerla y se ha puesto un abrigo blanco para que todos sepan que no le ha salpicado la derrota. El enjambre de electrones con micrófonos y cámaras aguijonea en hueso, y sólo se detiene para decir que todavía no es momento de decir nada. Con eso le basta. Segundos más tarde entra en la aorta del Partido Popular, y hay quien la siente como un chorro de sangre fría.

También es lunes y en París tampoco llueve. Entonces algo rojo baja de la Torre Eiffel cuando a unos reporteros sin fronteras se les han ocurrido ideas de bombero. Los guerreros de Xian en chándal corren junto al fuego para guardar un régimen bajo en libertades y rico en genocidios. El boicot al fuego acaba por apagar la llama y los socorristas se llevan la antorcha al autobús de campaña, para que no se vea el cadáver apagado del espíritu olímpico. En la China Popular, la señal de las televisiones internacionales se cae un segundo antes de que sea demasiado tarde, para que una antorcha apagada no prenda inquietudes que no tienen que estar prendidas.

En Madrid, después de comer, ella dice que no cierra ninguna puerta, y que si finalmente decide cruzar el umbral, Mariano, tú serás el primero en saberlo. En París, el fuego sustituto viaja en el autobús nodriza. Los que deciden optan por lo más seguro: apagar la llama, y la antorcha es la primera en saberlo.

Tu silicona ya no es la que era

Dicen de Kelly Hazell que es la sustituta natural de Pamela Anderson. Y la pregunta se impacienta como un colibrí ante un tulipán: ¿Hacía falta una sustituta? La respuesta es sí, y un susurro de impaciencia nos recorre la espina dorsal, y las canas, y la barriga, y las entradas. Señores, ha pasado el tiempo.

Pamela ya no es la que era cuando yo iba al colegio y repartía mis erecciones entre Marlene Morreau (El Semáforo, qué programa), la vigilante de la playa de marras y las fantasías similicoitales con mis compañeras de clase, que entonces eran niñas, pero yo también, y nada de aquello podía constituir delito.

Desde que sé que existe la masturbación (conocimiento que me advino poco después de empezar a practicarla) me vengo preguntando si se notará algo cuando alguien se masturba pensando en ti; no sé, un gozo silencioso y tímido, una pequeña ofensa o una renovada e inexplicable seguridad en uno mismo, dependiendo de los valores y moralidad del fantaseado más que de los del fantasioso.

La pregunta que seguía a ésa era si Pamela sentiría algo especial dado el volumen de masturbaciones diarias que provocaba en el mundo. Me respondí que sí, que desde luego, que las divas de Onán, las que figuran en el top ten del imaginario masturbatorio mundial, escuchaban una voz al despertarse. Algo así: “Hola, Pam, 3546 pajas y 231 conatos. Un 11% más que ayer, que era sabbath y perdiste la masturbación judía. Estás en la media del último trimestre. Tu cotización anual ha subido un 5%. Si los rumores sobre tu portada en Playboy son ciertos, crecerás un 20% al final del ejercicio.” Entonces Pam se sentiría como Dios mientras iba al baño, teniendo la certeza de que el semen del mundo se estaba derramando por ella, y eso, cuando no salpica, no tiene que estar tan mal. A mí esto me parecía una aplicación más de la Justicia Universal, un pago en ego a alguien que confortaba a tanta gente sin recibir emolumentos extra.

Pero esa voz tiene un doble filo. Los años pasan, y un día las pajas empiezan a descender, y eso se convierte en una tendencia, y después en una crisis, y llega la mañana en que Pamela preferiría no tener que oír la voz trayendo malas nuevas. Pero ahí está, diciendo que las cuatro pajas que quedan son más producto del vintage que del deseo; de la nostalgia más que de la pasión; que los cuatro locos que quedan friccionándose la evocan a ella como podrían evocar a Marisol.

Entonces va al quirófano, y aumenta lo que ya era grande, e intenta ponerle botox al paso del tiempo, pero nada de eso funciona; la gente ya no la mira en televisión memorizándola para recrearla después, la miran como se mira a un juguete roto, como miraba la Caballé las cenizas del Liceo, pensando en lo que fue y lamentando en lo que se ha convertido.

Ahora viene Kelly Hazell a cubrir el espacio que ha dejado Pamela. También envejecerá, aunque parezca difícil porque hoy su cotización está al alza y sus pechos parecen naturales (más que naturales, necesarios). Mientras tanto, nosotros, a este lado de la masturbación, seguiremos viendo cómo desfilan y se marchitan mitos eróticos. Parece que no ocurre nada, y que somos la misma mano que en el año 95, cuando Pamela era Pamela. Y sí, lo somos, pero llama la atención que el mito erótico de hoy tenía entonces 9 años, y que cuando Samantha Fox hacía estragos todavía era lactante. Y entonces, el susurro de impaciencia vuelve a recorrernos la columna, y el colibrí inquieto nos aletea en el pecho, y antes de que podamos coger un pañuelo de papel, nos sobreviene una desgana monstruosa, pesada, asfixiante, y sospechamos, casi sin querer, que también nosotros nos estamos haciendo viejos, poco a poco, como nuestros mitos, pero en silencio.

Tubérculos, cigarrillos y las FARC

Era el verano del año 2000 y serían las doce de la mañana, todavía no habían empezado a llegar los ingleses, rojos como cámbaros, a comer paella. David y yo íbamos ya por el tercer saco de patatas. Las cortábamos a lo largo, que era como prefería el jefe. David se apartó del saco, dejó el pela patatas y encendió un cigarrillo. Lo llamó mierda mirándolo, y yo le pregunté cuánto tiempo llevaba fumando. Tres años, me dijo. Empecé con treinta y ocho. Me pareció raro y le pregunté cómo se le había ocurrido empezar a fumar tan tarde. Estaba 20 horas al día con un kalashnikov pegado a la cabeza, contestó. Y después guardó silencio, y yo también, como si David no hubiera dicho nada.

Aquella tarde, mientras fregábamos, no pude no preguntarle. Me contó que salió de Colombia amenazado de muerte. Que había hecho dinero con una empresa informática. Que había tenido oficinas por todo el país. Que de niño era pobre como una rata, y que todo lo que estudió lo estudió con becas. Que fue el primero de su promoción en la universidad. Que su madre era una anciana de campo del Santander Colombia, el norte del país. Que él se había negado a soltarle un pavo a las FARC. Que lo acabaron secuestrando y que estuvo tres meses con un kalashnikov pegado a la nuca. No hubo más negociación que ésta: David malvendió a la guerrilla, o a quién ella le dijo, su empresa. Vació sus cuentas del banco y voló el dinero. Se deshizo, o lo deshicieron, de todas sus pertenencias. Los campos de su madre, la anciana del Santander Colombia, empezarían a ser campos de coca o no serían. La cosecha ya tenía dueño. David abandonaría el país. Además, la guerrilla le hizo una promesa: Mataremos a tus hijos, uno a uno, el día que cumplan dieciocho años. Y David vino a España, solo, a trabajar de jardinero doce horas al día entre semana, y de pinche de cocina a jornadas de 16 horas, sábados y domingos.

Lo recuerdo fuerte, trabajador, callado y de vuelta. David estaba de vuelta de algo, quizá del desengaño, o quizá había regresado de perder toda la esperanza. Miraba a veces a ningún sitio y se le quedaba un brillo en los ojos. Citaba sin darse cuenta a amigos con los que había vivido aquellos tres meses en la selva: Santo Tomás, Descartes (quizá aquel kalashnikov le hizo sentir la glándula pineal), Heráclito… el pensamiento occidental puesto a desfilar entre sacos de patatas, montañas de platos y un cigarrillo junto al cubo de basura. Y remataba diciendo: Javier, la Humanidad está ida de putas.

Un día me dijo que me tenía cariño, que yo le recordaba a su hijo, el que le quedaba en Colombia. Los dos teníamos diecisiete años, y los dos íbamos a cumplir dieciocho. A él lo esperaba una promesa en su país, o un padre en el nuestro. David consiguió traer a su hijo el último viernes antes de que entrase en vigor la Ley de Extranjería de aquel Gobierno de Aznar. El sábado por la mañana, antes de que yo pudiese preguntarle, me saludó con un abrazo y una lágrima. Lo conseguí, dijo. Nunca he visto a un hombre tan feliz.

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Gómez

El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.

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Joder, no ha querido esperar a que se lo cargaran y ha decidido hacerse el hara-kiri con esto

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Mola el relato. No se me había ocurrido algo tan macabro... Por cierto Ana, felicidades por la mejora en la cabecera; ha quedado muy chula.

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Pinta en bastos para Obama, sí señor. No tengo muy claro que vaya a ganar a McCain aunque desde aquí nos parezca que el republicano es un tipo que no debería vencer.

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Por David / 07 de Septiembre de 2008

JAJAJAJAJA. Ciertamente, señor Redondo, así sería. Y sería terrible. Sospecho que algunas personas serían enterradas en un mar de tejas... Por cierto, no sabía que la expresión venía de ahí, pero a partir de ahora pienso llevar siempre e...

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