El hijo blanco de Obama
Julio no lo reconocerá nunca, pero la gente va a ver a Obama a los euromítines por lo mismo que va a ver las faenas de José Tomás; por si esta vez lo matan.
El morbo se junta con el yo estuve allí, y aunque luego se diga que no quiero verla, cuántas veces se menciona la sangre sobre la arena. Al final, ¿quién no quiere estar en el lugar y en el momento en que ocurren estas cosas? ¿Quién no quiere ver la muerte de JFK, el manolete americano, desde la primera fila, donde las ideas del Presidente salpican a pedazos? ¿Quién pasa de coger sitio en las escaleras de mármol por las que rueda Julio César envuelto en un trapo blanco mordido a puñaladas? Yo no.
Ayer Obama no les dio opción a los magnicidas y huyó de la multitud francesa. Prefirió la rueda de prensa con Sarko, espídico y tocón como siempre, en El Eliseo. Dicen que lo hizo para que la América Profunda (esa cosa que nos imaginamos amarilla, con peto y camisa a cuadros) no lo identificara con los franceses, al parecer, una panda de libertinos sodomitas, o algo peor.
Así que, de cambio, el padre espiritual de Julio tiene mucha estética y poco cacho. En Israel ya ha dicho que todo va a seguir igual con Palestina (nada nuevo, lo había dicho hace más de un año). Ayer dijo que Irán ya puede ponerse en pompa o le caerá una andanada de hostias cuando él sea presidente. Y con los franceses, pues eso, que tampoco nos pasemos de laicos, no vaya a ser que salpiquen.
Quizá no tendría que haber escrito este post, pero es que el tal Montes no iba a decir ni pío; está vendido a la causa obamista, que aquí es el sol que más calienta.




