Una consideración meteorológica
Da igual que llueva estos días y que mayo se parezca a octubre, los testículos ya han comenzado la temporada de verano; se sueltan, distienden la piel que los cubre, diseñada más para pericarpio de fruta amazónica que para revestimiento del alma, y se acaban pegando a las cachas como adolescentes en celo al sobaco de un artista diseñado por el marketing y la cera capilar. Para colmo, los estilistas, siempre arrodillados ante el axioma que dice que para presumir hay que sufrir, me han colocado unos pantalones pitillo, que son, como su propio nombre indica (y sin inducirles a ustedes a presunciones de prestaciones pretenciosas por mis partes), para pitillos.
Podría ahora hundirme, renunciar al testículo, cambiar de hemisferio o regresar al slip de caballero, pero, algo, algo epidérmico sin duda, me empuja a la búsqueda empírica de una solución. Me siento el David Hume de los colgantes genitales. Sin embargo, se lo avanzo ya, oscilo de decepción en decepción como un marianista escuchando "La Mañana" de la Cope.
Abrir las piernas erguido es inútil además de agotador y ridículo. Hacerlo sentando disimula más, pero el ángulo que sospecho necesario para evitar la adherencia está sólo al alcance de Gemma Mengual, y ella, deduzco, no tiene este problema. También he probado ejercicios de estiramientos atléticos, poniendo una pierna sobre la mesa y fingiendo dolor de espalda, pero esto sólo despega un huevo que, además, vuelve a encontrar cobijo en la pierna cuando la postura es de nuevo apta para la vida en sociedad.
Quiero una solución, una luz al final del túnel, un atisbo de esperanza. No estoy dispuesto a soportar otro verano de cojón pegado. Lo siento por los conformistas de la antropoforma, pero llamo a la rebelión corporal, levantemos los adoquines de este mayo de 2008 y hagamos la revolución contra el cojón. Si no, terminemos, al menos, con los pantalones pitillo.




