100 muertos y cinco días
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Estoy en un bar porque en los bares se me abren los chacras. Pienso en cómo se puede reactivar la economía con inversión en líquido, en los impuestos indirectos del tabaco, y pienso también, aunque no sé por qué, en que los periódicos huelen igual que los cacahuetes. Entonces la tele pone una noticia de Gaza y ocurre eso que ocurre a veces, el silencio colectivo.
Termina el video y veo que tengo un hombre al lado al que no había visto. Mira su coñac y dice que ese niño envuelto en el sudario verde de Hamas no es siempre el mismo niño, aunque sea un bebé al que vemos todos los días morirse. Entonces se calla, para digerir la frase, y yo me miro las manos, como si fuese culpable, y no sé si lo soy o no. Después dice que no sabe cuándo vamos a empezar a llamar terrorismo a las ofensivas del ejército israelí. Y yo le quiero dar una razón, pero no se me ocurre.
Por la noche he vuelto a ver al niño muerto, y no sé si era el mismo, o si ya era otro.




