La huida de Riggor, II
Riggor se marchó a la mañana siguiente. Dijo que quería volver a Bielorrusia, que hacía más de diez años que no pisaba Minsk, que ya no le quedaba casi nadie allí y que quería comprobar qué parte de sus recuerdos seguía existiendo. Seguro que nada es ya como yo creo que fue, seguro que hasta las fotografías han mentido, dijo. Asentí, porque las fotografías dejan de mostrar la realidad un segundo después de haber sido tomadas y porque la memoria no es certera. Entonces los dos miramos el reloj, dijo que regresaría en cinco días y que no pensaba recoger su equipaje del hotel en el que estuviera hasta la vuelta. Un minuto más tarde se había ido. La soledad se siente en esos momentos.
El viernes, cuando publiqué el primer post, se cumplía el plazo de Riggor. Un boeing 320 proveniente de Frankfurt aterrizó en Barajas a las 20:40. Cinco horas y diez minutos antes, a las 15:30, un boeing 733 había llegado a Frankfurt desde Minsk. Era la única combinación posible para que un viajero pudiera desplazarse de Minsk a Madrid ese día. Riggor no lo hizo. Tampoco lo ha hecho en los días sucesivos, ni lo hizo en los anteriores. Su nombre aparece dos veces en los listados de pasajeros de la aerolínea que contrató: 1) En el pasaje del lunes 22 de abril de Madrid a Frankfurt y de Frankfurt a Minsk. 2) En las reservas de billetes del viernes 26 de abril en los trayectos Minsk-Frankfurt, Frankfurt-Madrid. Esos billetes nunca se retiraron. Tampoco ha hecho nuevas reservas. En la Universidad de Houston no han recibido noticias suyas. Su teléfono está apagado o no funciona en Minsk. Tampoco ha respondido a los emails.




