La fuerza del testimonio
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“Por favor, traedme a mis dos niños”, ésta es la forma en que la tragedia adquiere voz, propiedad, temblor, sexo y delirio. Es la forma en que distinguimos, de entre una marea de difuntos sin nombre ni fecha, a dos niños arrojados muertos al sumidero negro que separa África de Europa; dos siluetas por la borda que tienen peso y salpican al caer.
Según el Frontex, el año pasado murieron 921 personas en el mar mientras intentaban saltar de África a Europa. El dato debería estremecernos más que la muerte de nueve bebés que terminaron siendo arrojados por la escupidera de una zodiac. Entre esos 921 también habría bebés, y habría madres y vientres que estarían a punto de serlo, y hombres, también habría hombres, que morirían como murieron los niños, muertos de miedo. Sin embargo, el dato, 921, no nos conmueve como la madre desconcertada que abraza a una voluntaria de la Cruz Roja y pide, en el fondo pide, que el mundo retroceda y cambie. “Por favor, traedme a mis dos niños”.
Estamos acostumbrados a verlos llegar, a ponerles una manta sobre los hombros, a detenernos un segundo en sus ojos muy abiertos y sus mandíbulas temblando. Estamos, incluso, acostumbrados a que nos digan que la mitad de sus compañeros han muerto, o que han sido violados, o que llevan años caminando para esto. Pero nunca habíamos digerido todos a esta madre negra y joven, perdida, a la que hay que mirar a los ojos mientras se le dice: tus hijos están muertos, los tirasteis por la borda.
Son esas palabras nunca oídas, más que la tragedia en sí, las que nos sientan de golpe ante la realidad. Son las que hacen que estos muertos no sean sólo números, las que le dan a la tragedia cuerpo, y lágrima, y quejido; es uno; está diferenciado. Cuando la madre dice, los niños existen. El problema es que estos niños difuntos han sido dichos después de haber dejado de existir. Por eso el delirio, de ahí la consternación. Por eso al ánimo le pesan más nueve chupetes sin boca en Almería que 921 muertos en el mar.




