Sustitutos
Es lunes y voy por Madrid pensando que los chubascos de mediodía ya llevan dos horas largas de retraso. Entonces algo blanco se acerca por occidente, huele a presidenta y trae a los periodistas locos como electrones en órbita; codazos, carreras, guardaespaldas vestidos de ministro y asesores disfrazados de paisano. Ella sonríe, desde el centro del mundo, y el mundo se gira preguntándose quién diablos está ahí. Le va clavando un tacón a cada paso al budú de los que tienen que temerla y se ha puesto un abrigo blanco para que todos sepan que no le ha salpicado la derrota. El enjambre de electrones con micrófonos y cámaras aguijonea en hueso, y sólo se detiene para decir que todavía no es momento de decir nada. Con eso le basta. Segundos más tarde entra en la aorta del Partido Popular, y hay quien la siente como un chorro de sangre fría.
También es lunes y en París tampoco llueve. Entonces algo rojo baja de la Torre Eiffel cuando a unos reporteros sin fronteras se les han ocurrido ideas de bombero. Los guerreros de Xian en chándal corren junto al fuego para guardar un régimen bajo en libertades y rico en genocidios. El boicot al fuego acaba por apagar la llama y los socorristas se llevan la antorcha al autobús de campaña, para que no se vea el cadáver apagado del espíritu olímpico. En la China Popular, la señal de las televisiones internacionales se cae un segundo antes de que sea demasiado tarde, para que una antorcha apagada no prenda inquietudes que no tienen que estar prendidas.
En Madrid, después de comer, ella dice que no cierra ninguna puerta, y que si finalmente decide cruzar el umbral, Mariano, tú serás el primero en saberlo. En París, el fuego sustituto viaja en el autobús nodriza. Los que deciden optan por lo más seguro: apagar la llama, y la antorcha es la primera en saberlo.




