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EL JARDÍN
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Dios me llama

El post que publiqué ayer me ha acarreado innumerables enemigos, Dios es el más ilustre de ellos, el resto son innumerables por incorpóreos; ánimas en su mayor parte, aunque también me ha parecido oír algún espectro y un par de fuegos fatuos. Se quejan. Dicen que la Semana Santa está exenta de sadismo y esgrimen para convencerme ciertas razones de poco peso, aunque, tratándose en su mayoría de seres inmateriales, lo del peso es contingente.

El caso es que, después de horas de charla, Dios me suelta que se siente a gusto, que soy el primer mortal en siglos con el que tiene feedback, y yo pregunto, ¿feeling?, y él contesta, no, feedback, y yo, que paso del anglicismo, remacho, ah, flujo bidireccional, y Dios me dice, tu puta madre. Y yo pienso, me está bien, por sabiondo. Y Dios, que oye hasta lo que pensamos, como el Ratoncito Pérez, me dice que desde luego, que él es infalible, y que si lo que quiero es corregir a alguien, me pasa con Lutero.

Después se sincera, y me dice: Lo que a Cristo no le gusta un pelo es el desfase. Y yo pienso en drogas y música alta, pero Dios, que es para conocerlo, dice que no se refiere a ese desfase, que lo que a Cristo le molesta es que en el mismo año celebremos su nacimiento número 2008 y su muerte número 1975, que corresponden a ciclos distintos y que está harto de estos saltos en el tiempo. Entonces cuelga, y se va, como se puede ir un ser omnipresente, vamos.

Tu silicona ya no es la que era

Dicen de Kelly Hazell que es la sustituta natural de Pamela Anderson. Y la pregunta se impacienta como un colibrí ante un tulipán: ¿Hacía falta una sustituta? La respuesta es sí, y un susurro de impaciencia nos recorre la espina dorsal, y las canas, y la barriga, y las entradas. Señores, ha pasado el tiempo.

Pamela ya no es la que era cuando yo iba al colegio y repartía mis erecciones entre Marlene Morreau (El Semáforo, qué programa), la vigilante de la playa de marras y las fantasías similicoitales con mis compañeras de clase, que entonces eran niñas, pero yo también, y nada de aquello podía constituir delito.

Desde que sé que existe la masturbación (conocimiento que me advino poco después de empezar a practicarla) me vengo preguntando si se notará algo cuando alguien se masturba pensando en ti; no sé, un gozo silencioso y tímido, una pequeña ofensa o una renovada e inexplicable seguridad en uno mismo, dependiendo de los valores y moralidad del fantaseado más que de los del fantasioso.

La pregunta que seguía a ésa era si Pamela sentiría algo especial dado el volumen de masturbaciones diarias que provocaba en el mundo. Me respondí que sí, que desde luego, que las divas de Onán, las que figuran en el top ten del imaginario masturbatorio mundial, escuchaban una voz al despertarse. Algo así: “Hola, Pam, 3546 pajas y 231 conatos. Un 11% más que ayer, que era sabbath y perdiste la masturbación judía. Estás en la media del último trimestre. Tu cotización anual ha subido un 5%. Si los rumores sobre tu portada en Playboy son ciertos, crecerás un 20% al final del ejercicio.” Entonces Pam se sentiría como Dios mientras iba al baño, teniendo la certeza de que el semen del mundo se estaba derramando por ella, y eso, cuando no salpica, no tiene que estar tan mal. A mí esto me parecía una aplicación más de la Justicia Universal, un pago en ego a alguien que confortaba a tanta gente sin recibir emolumentos extra.

Pero esa voz tiene un doble filo. Los años pasan, y un día las pajas empiezan a descender, y eso se convierte en una tendencia, y después en una crisis, y llega la mañana en que Pamela preferiría no tener que oír la voz trayendo malas nuevas. Pero ahí está, diciendo que las cuatro pajas que quedan son más producto del vintage que del deseo; de la nostalgia más que de la pasión; que los cuatro locos que quedan friccionándose la evocan a ella como podrían evocar a Marisol.

Entonces va al quirófano, y aumenta lo que ya era grande, e intenta ponerle botox al paso del tiempo, pero nada de eso funciona; la gente ya no la mira en televisión memorizándola para recrearla después, la miran como se mira a un juguete roto, como miraba la Caballé las cenizas del Liceo, pensando en lo que fue y lamentando en lo que se ha convertido.

Ahora viene Kelly Hazell a cubrir el espacio que ha dejado Pamela. También envejecerá, aunque parezca difícil porque hoy su cotización está al alza y sus pechos parecen naturales (más que naturales, necesarios). Mientras tanto, nosotros, a este lado de la masturbación, seguiremos viendo cómo desfilan y se marchitan mitos eróticos. Parece que no ocurre nada, y que somos la misma mano que en el año 95, cuando Pamela era Pamela. Y sí, lo somos, pero llama la atención que el mito erótico de hoy tenía entonces 9 años, y que cuando Samantha Fox hacía estragos todavía era lactante. Y entonces, el susurro de impaciencia vuelve a recorrernos la columna, y el colibrí inquieto nos aletea en el pecho, y antes de que podamos coger un pañuelo de papel, nos sobreviene una desgana monstruosa, pesada, asfixiante, y sospechamos, casi sin querer, que también nosotros nos estamos haciendo viejos, poco a poco, como nuestros mitos, pero en silencio.

Esto no se actualiza

Gómez se ha ido a regar otras plantas. Nos dará descanso hasta septiembre, lo que duran sus merecidas vacaciones.

Los que subimos al tren III

El tipo de los tomates se levantó, se cambió de sitio las legañas y se estiró todo lo que pudo, como la Reserva Federal cuando le vio las orejas al lobo; justo después de que el lobo le clavase los dientes en la aorta.

-No hace falta que le siga la corriente –dijo señalando a la vieja-, perdió la cabeza después de perder el dinero.

-A los demás fue el dinero el que nos perdió –dijo la narcoléptica-, tampoco hay tanta diferencia.

-En algún momento había que despertar de aquel sueño, niña. Después supimos que tras el sueño venía la pesadilla. ¿Quién lo iba a suponer?

-¡Los hermanos Lehman, desde luego! –gritó la vieja del gallo, y su voz fue como uñas arañando una pizarra.

Se callaron. Vino el silencio, kilómetros de silencio. Escuché el traqueteo del tren, pensé en el mensaje en Morse del revisor, en la vía y en que nunca parábamos en ninguna estación.

El francés de los calcetines con tomates me golpeó con el codo en la cintura. “Acérquese”, dijo. Señaló a la vieja. “Vio la ejecución de los Lehman. Venía de Wall Street. Consiguió cambiar todas sus acciones por ese gallo. Se lo dieron por misericordia.” Asentí, conocía la historia.

La ejecución de los Lehman salpicó a todos los que pasaban por allí; había algo en sus vísceras que los hizo enloquecer. La vieja reaccionó como la mayoría, huyendo. Corrió por la avenida de Roosevelt y llegó al puente de Brooklyn. Allí vio una silueta entre la niebla. Era Alan Greenspan, llevaba una botella de whisky en una mano y un revólver en la otra.

-¡Usted no hizo nada, usted no hizo nada! –gritó la vieja.

-Exacto –contestó Greenspan.

-Usted es inocente –musitó ella.

Greenspan la miró. La miró vacío, tras las gafas, con los ojos diminutos. Posó la botella de whisky en el suelo, buscó en un bolsillo de su chaqueta y sacó un billete de tren. “No lo pierda”, dijo. La vieja lo cogió, mirando más a Greenspan que al billete. “Sale dentro de una hora, si lo pierde, nunca saldrá de aquí.” La vieja caminó hacia la estación, sin mirar atrás. Greenspan cogió el camino más rápido hacia el agua.

Los que subimos al tren IV

-Acompáñeme un segundo al baño –dijo el francés de los tomates en los calcetines.

Le dije “no se equivoque” y él me dijo que no se equivocaba. “Acompáñeme un segundo al baño”, repitió, y esta vez lo dijo mientras se levantaba.

Se aseguró de que la puerta no se podía abrir desde fuera. El traqueteo del tren parecía haberse multiplicado. Nos movíamos como juncos. Apenas podía oírle. Desplegó un papel sobre el lavabo, deslizó el índice sobre él un par de veces, de derecha a izquierda, le dio la espalda y me miró a los ojos.

-Son activos islámicos –dijo, confidente, pícaro, con media sonrisa y brillo en los ojos.

-Aquí no le sirve de nada esa mierda.

-Son puros, hijo. ¿Cree que no le he estado observando? Écheles un vistazo. No están contaminados.

-Todo está contaminado –contesté bajando la mirada al suelo; vi que seguía descalzo y que tenía algo gris entre la uña del dedo gordo y la carne.

-Mire el sello: Banco Central del Líbano. Están limpios. No compraron derivados de crédito ni hipotecas basura. Tóquelos. Tóquelos. Nunca ha tenido un material como éste entre las manos.

El sello del Banco Central del Líbano parecía auténtico; el papel era rugoso y la tinta de la estampa se había cuarteado, olían a caja fuerte, a años de clausura bajo llave.

Alguien aporreó la puerta. Me guardé los activos islámicos en el bolsillo interior de la americana. Desde fuera intentaban abrir. Comprobé que no se había quedado nada sobre el lavabo. Miré al francés, abrió la boca lentamente y me la enseñó como si fuera un expositor. Tenía la llave sobre la lengua.

-O me paga, o me arrodillo ante usted antes de abrir – dijo. Yo no llevaba dinero encima.

Gómez

El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.

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En No hay un filtro para Marta

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Por Carlos / 04 de Diciembre de 2008

La chica se destaca no solo por las fotos sino también por las respuestas a tus preguntas. Me ha gustado mucho la entrevista, y me ha encantado que se cabrease cuando le rechazaron el proyecto del diseño del libro, olé por Marta, por algo está ahi, por empeñarse e...

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Por Elo y David / 04 de Diciembre de 2008

Raquel, me encantan tus artículos. Aunque no he estado nunca en la India, al llerlos me parece que estoy viviendo la experiencia. Sigue ilustrándonos con tus artículos, me gustan los mensajes positivos de todo lo que cuentas. Un beso. Elo

En Las fotos de Marsé

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Por Leonardo / 04 de Diciembre de 2008

Cansado estoy de entrar en el blog y hallarme en un estanque. ¿Qué pasa, querido bloguista, tan pronto sucumbes al desaliento? Ánimo, que ésta es tarea de largo aliento, y como Sísifo el bloguero ha de llevar su piedra cada mañana o una de cada pocas y subir...

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Por Lo Guerra / 04 de Diciembre de 2008

Me gusta esto de llevar al gran público material fresco, aunque muchas veces sea difícil acercar el gonzo a todo el que se acerca en busca de información "estándar"... Saludos desde BCN!

En Porno

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Por anhera / 04 de Diciembre de 2008

increible que no lo entienda alguien.. O.o Me ha encantado. Es corto, con contenido y divertido. Aunque lo parezca no es nada facil contar cosas en poco espacio, y que encima gusten :)

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