La huida de Riggor, IV
Minsk es una ciudad habitada por dos millones de impedimentos, la mitad son hembras. También hay algunos bares, un intérprete (mi intérprete) y cinco o diez borrachos por hora. Para mi gusto, y mi equipaje, hace frío.
Mi intérprete se llama Mijail, tiene 20 años, no comprende que yo no sea turista, muestra un interés desmesurado por llevarme a conocer iglesias, estudia en la Universidad Estatal de Lingüística y anoche me acostó en la cama. Ha desarrollado un instinto lacayo hacia mí no justificado por su exiguo sueldo. Cuando me he despertado esta mañana, con la cabeza como si ayer me hubieran invadido los alemanes, estaba tumbado en la moqueta, bocarriba, con las gafas puestas, despierto y silencioso, esperando. Me ha acercado un vaso de agua y me ha dicho que ayer tuvo que traerme desde el bar. Es muy posible que sea cierto eso que cuentas, he respondido. Y ha dado un respingo, como si le hubieran cortado la décima parte del esfínter con un bisturí.
Cuando he salido de la ducha Mijail había hecho la cama. Me ha parecido un tipo en quien se puede confiar y le he dicho que no estoy aquí para conocer iglesias (decepción en su rostro), que estoy buscando a un hombre (los ojos se le han encendido como si el esfínter se le estuviera abriendo y cerrando con cremallera). Se llama Riggor Huly, y ayer me emborraché porque él suele estar borracho, he rematado. Ha asentido comprendiendo y admirando mi profesionalidad. Después ha evaluado mi fracaso, se ha restregado las manos por la cara y ha dicho:
-¿Huly, el científico?
Asiento. Mijail respira o suspira o inspira. Al instante aparece un hombre donde había un niño y dice, vamos, conozco a un tipo que puede saber algo. Es el cura de la iglesia a la que quise llevarte ayer.




