Mijail no volvió y yo me dediqué a fenecer durante unos días; cuatro días. El tipo del hotel me pasaba comida y píldoras sin receta para encapsular el dolor. Memoricé las manchas de humedad del techo y desmenucé el olor del cuarto hasta extraer de él todos los elementos. Olía a hongos, a ropa sucia, a sábanas de cama deshecha y a tabaco, ese olor a tabaco que cuelga de las cortinas y de las paredes, el mismo que amanece pegado al paladar cada mañana. Pudo ser ese olor, pudieron ser las píldoras o pudo ser la borrachera pateada por resacas con billete de ida y vuelta, lo cierto es que algo me fue alejando de Riggor, de su huída y de los primeros días en Minsk. Como si esos recuerdos pertenecieran a otro y yo los conservase como se conservan las historias que se oyen por azar en el metro; como un baile de cuerpos sin rostro que caminan sobre ningún suelo; en esa nebulosa en la que viven los sueños, los olvidados y los muertos.
Entonces el mundo amaneció otra vez, y era jueves, y busqué sobre la mesilla una ración de píldoras, y me palpé con la lengua un desierto en el paladar, y, cuando los ojos se reconciliaron con la luz, vi a Riggor. Estaba sentado en la butaca polvorienta de la entrada, no se había quitado el abrigo, me imagino que por asco, por no mancharse el traje. Iba recién afeitado y parecía que nunca había olido a costo y a putas.
-Are you waiting in Saigon? –dijo.
-Shit, I´m still only in Saigon… -y creo que le sorprendió que recordase la película.
Encendí un cigarrillo. Permanecimos callados, a mucha distancia, separados por más de diez años de silencio. Riggor se levantó y caminó por el cuarto, haciendo inventario metal de mis inmundicias. Después se detuvo, miró al techo y dijo que no iba a volver a Houston. Se me acercó, me puso una mano en el hombro y me susurró al oído que había inventado la felicidad. Entonces ponle un lazo y véndela en EEUU, allí te darán más dinero que aquí por ella, contesté. Allí mueren por buscarla, pero matarán a quien la encuentre, y se derrumbó sobre la butaca, como si después de decir eso no tuviera fuerzas para permanecer erguido. Es el final del circo, dijo.
Entonces sacó algo del maletín. Supe que era lo mismo que habían encontrado junto al sacerdote muerto, aquella cánula que emitía un zumbido de la que nos hablaron en el hospital.
-Aquí está –dijo-. He traído dos, por si te animas. Estamos produciendo suficientes como para que este país sea el paraíso dentro de una semana –y entró al baño.
Lo dejé dos horas más tarde, tirado sobre la butaca, en camisa, con la ventana abierta, llorando, o gimiendo, o bramando. Masturbado in vitro. Feliz.
Ahora estoy en Madrid, escribiendo este último post sobre Riggor. No he vuelto a telefonearle ni creo que lo haga nunca, al fin y al cabo, un hombre feliz no tiene mucho que contar. Mijail me ha enviado un email esta mañana, dice que lo ha probado, que cada segundo que pasa siente más fe en San Miroslav y más agradecimiento hacia Huly, que no necesita nada más. Dice que lo pruebe, que me ponga la cánula, y no sé, no sé si quiero que se acabe el circo.