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EL JARDÍN
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La anchoa no va a volver

Ayer tuve un día cantábrico: desayuné mirando la nieve de los Picos de Europa, salí a la mar, estuve con pescadores, paré en un palacio con cuatro siglos metido a bar que sirve vino blanco entre la ruina y la bohemia, comí cocido y, después, bajé al Santander pijo y bien, entre la postal y la zarzuela, para ponerle la puntilla al paño.

Pegadín a la bahía, estuve hablando un par de horas con un investigador del Instituto Español de Oceanografía, dejémoslo sin nombre porque lo que me dijo lo dijo entre dientes. “La anchoa no va a volver al Cantábrico; una anchoa vive tres años, llevamos cuatro sin pescar y no se ha regenerado el caladero. Ya es imposible que lo haga.”

Y, coño, uno echa la cuenta, empieza con los dedos y acaba con la decepción: tiene razón, no hay nada menos refutable que un científico esgrimiendo argumentos que caben en los dedos de una mano, entonces, hasta los periodistas los entendemos. Así que digerí el razonamiento y miré al investigador con cara de me quiero comer la última. Él negó con la cabeza y me dijo sin hablar que ya era demasiado tarde.

La anchoa del Cantábrico ya es un recuerdo, dentro de poco hasta los paladares de meseta se darán cuenta de que llevamos tres años vendiéndoles anchoa argentina envasada en Santoña; una anchoa grande y basta, de filete áspero, casi tan mala como la de la Escala, una anchoa que no tiene nada que ver con aquella que ya suena a batallita y que exterminamos por estar demasiado buena. Descanse en paz.

La huida de Riggor

Conseguí la ciudadanía europea en Helsinki, en 1996. La embajada de las Islas Marianas del Norte (nací y me crié allí por un azar que le tendió el destino a mi madre), en colaboración con el Programa de Becas para la Investigación Biomecánica de las Naciones Unidas, me alojó en un piso con otros estudiantes extranjeros. Allí conocí a Riggor Huly, el tipo del que voy a hablar en este post.

Riggor era un par de años mayor que yo, fumaba unos cigarrillos larguísimos que le enviaban cada dos semanas desde algún lugar de Bielorrusia, creía en los romances postales y, cuando estaba borracho, decía que no necesitaba besar a nadie para seguir vivo, y al instante lo rodeaba un aire de calefacción, misticismo y misantropía; un aire denso, con tabaco, humedad y moqueta, que a mí me evocaba un tiempo de guerras mundiales que no he vivido y a él le traía a la primera línea de la melancolía un par de raciones de infancia y Minsk.

Nos marchamos de Helsinki con pocos meses de diferencia; yo me fui a Canadá y tuve suerte, pero con poca constancia; él consiguió una plaza de investigador titular en la Universidad de Houston, Texas. Ahora dirige uno de los equipos que más expectativas están creando en el difuso y desconfiado mundo de la genética aplicada a la biomecánica y su nombre ha aparecido en un par de quinielas para los nobel. Hace cinco días me llamó por teléfono. Estaba en Madrid.

Llegó a mi casa borracho, más viejo de lo que había supuesto, como si estos nueve años que hemos estado sin vernos le hubieran contado doble, apestaba a sudor, a costo y a perfume empalagoso, de flores y licor, de velatorio y casa de putas. Dijo que aquella mañana había desertado de una conferencia y que no recordaba a qué hotel le habían enviado el equipaje. También dijo, esto lo dijo más tarde, cuando yo también había bebido, que estaba amenazado, que había descubierto algo por casualidad, en una investigación paralela, que tenía presiones, que no sabía si iba a volver. Y balbuceó algo antes de dormirse, algo sobre la masturbación in vitro.

(este post tendrá una segunda parte)

La huida de Riggor, VII (y último)

Mijail no volvió y yo me dediqué a fenecer durante unos días; cuatro días. El tipo del hotel me pasaba comida y píldoras sin receta para encapsular el dolor. Memoricé las manchas de humedad del techo y desmenucé el olor del cuarto hasta extraer de él todos los elementos. Olía a hongos, a ropa sucia, a sábanas de cama deshecha y a tabaco, ese olor a tabaco que cuelga de las cortinas y de las paredes, el mismo que amanece pegado al paladar cada mañana. Pudo ser ese olor, pudieron ser las píldoras o pudo ser la borrachera pateada por resacas con billete de ida y vuelta, lo cierto es que algo me fue alejando de Riggor, de su huída y de los primeros días en Minsk. Como si esos recuerdos pertenecieran a otro y yo los conservase como se conservan las historias que se oyen por azar en el metro; como un baile de cuerpos sin rostro que caminan sobre ningún suelo; en esa nebulosa en la que viven los sueños, los olvidados y los muertos.

Entonces el mundo amaneció otra vez, y era jueves, y busqué sobre la mesilla una ración de píldoras, y me palpé con la lengua un desierto en el paladar, y, cuando los ojos se reconciliaron con la luz, vi a Riggor. Estaba sentado en la butaca polvorienta de la entrada, no se había quitado el abrigo, me imagino que por asco, por no mancharse el traje. Iba recién afeitado y parecía que nunca había olido a costo y a putas.

-Are you waiting in Saigon? –dijo.

-Shit, I´m still only in Saigon… -y creo que le sorprendió que recordase la película.

Encendí un cigarrillo. Permanecimos callados, a mucha distancia, separados por más de diez años de silencio. Riggor se levantó y caminó por el cuarto, haciendo inventario metal de mis inmundicias. Después se detuvo, miró al techo y dijo que no iba a volver a Houston. Se me acercó, me puso una mano en el hombro y me susurró al oído que había inventado la felicidad. Entonces ponle un lazo y véndela en EEUU, allí te darán más dinero que aquí por ella, contesté. Allí mueren por buscarla, pero matarán a quien la encuentre, y se derrumbó sobre la butaca, como si después de decir eso no tuviera fuerzas para permanecer erguido. Es el final del circo, dijo.

Entonces sacó algo del maletín. Supe que era lo mismo que habían encontrado junto al sacerdote muerto, aquella cánula que emitía un zumbido de la que nos hablaron en el hospital.

-Aquí está –dijo-. He traído dos, por si te animas. Estamos produciendo suficientes como para que este país sea el paraíso dentro de una semana –y entró al baño.

Lo dejé dos horas más tarde, tirado sobre la butaca, en camisa, con la ventana abierta, llorando, o gimiendo, o bramando. Masturbado in vitro. Feliz.

Ahora estoy en Madrid, escribiendo este último post sobre Riggor. No he vuelto a telefonearle ni creo que lo haga nunca, al fin y al cabo, un hombre feliz no tiene mucho que contar. Mijail me ha enviado un email esta mañana, dice que lo ha probado, que cada segundo que pasa siente más fe en San Miroslav y más agradecimiento hacia Huly, que no necesita nada más. Dice que lo pruebe, que me ponga la cánula, y no sé, no sé si quiero que se acabe el circo.

Madina y la hidra

Al Thierry detenido se le caían babas sin cabales a cada decibelio; esposado, seboso y sucio, veía acercarse el bosque de Birnam en los objetivos y en los flashes de los cámaras que esperaban la salida del caldo más avinagrado de Burdeos. Entonces, la cabeza de la serpiente se transformó en cabeza de hidra, y de la repugnancia pasó al ridículo a golpe de víscera, berrinche y sudor. No le hicieron falta más que un par de exabruptos y algún gora para que, donde queríamos ver a un mierda, viéramos a un loco. Después se cerraron las puertas del Megane y Thierry se fue a París a escuchar su condena.

Hoy, en el Sexto Grado, hemos preguntado a Eduardo Madina por el folklore de Thierry. Madina no se altera cuando habla de ETA, ni parece que se le acelere el pulso, ni desenfunda un índice acusador de atril y mitin para meternos por los ojos dos cojones y firmeza ante el terrorismo. Madina mira menos de un segundo al suelo cuando recibe la pregunta, nos parece que busca un recuerdo, pero encuentra un par de textos y responde que Thierry podrá aprovechar la cárcel para "leer más y gritar menos".

Entonces, uno se imagina a Thierry mareado por veintitantos años de huida de peonza, cada vez más encerrado de gafas para adentro, alimentándose como un pollo con el odio que regurgitan cuatro pájaros que van de un lado a otro de la frontera. La endogamia empobrece la mezcla y a Thierry se le enturbia tanto la mirada que ya no vale ni para tuerto en el país de los ciegos. Entonces viene Madina y da en el clavo: lee, Thierry, te secará las babas, quizá te devuelva al mundo, hasta es posible que tú te veas ridículo y te recuerdes como un loco. Hasta es posible que dejes de comprenderte y no creas haberte comprendido. Hasta es posible que seas tú quien vaya, algún día, al encuentro del bosque de Birnam.

Los que subimos al tren III

El tipo de los tomates se levantó, se cambió de sitio las legañas y se estiró todo lo que pudo, como la Reserva Federal cuando le vio las orejas al lobo; justo después de que el lobo le clavase los dientes en la aorta.

-No hace falta que le siga la corriente –dijo señalando a la vieja-, perdió la cabeza después de perder el dinero.

-A los demás fue el dinero el que nos perdió –dijo la narcoléptica-, tampoco hay tanta diferencia.

-En algún momento había que despertar de aquel sueño, niña. Después supimos que tras el sueño venía la pesadilla. ¿Quién lo iba a suponer?

-¡Los hermanos Lehman, desde luego! –gritó la vieja del gallo, y su voz fue como uñas arañando una pizarra.

Se callaron. Vino el silencio, kilómetros de silencio. Escuché el traqueteo del tren, pensé en el mensaje en Morse del revisor, en la vía y en que nunca parábamos en ninguna estación.

El francés de los calcetines con tomates me golpeó con el codo en la cintura. “Acérquese”, dijo. Señaló a la vieja. “Vio la ejecución de los Lehman. Venía de Wall Street. Consiguió cambiar todas sus acciones por ese gallo. Se lo dieron por misericordia.” Asentí, conocía la historia.

La ejecución de los Lehman salpicó a todos los que pasaban por allí; había algo en sus vísceras que los hizo enloquecer. La vieja reaccionó como la mayoría, huyendo. Corrió por la avenida de Roosevelt y llegó al puente de Brooklyn. Allí vio una silueta entre la niebla. Era Alan Greenspan, llevaba una botella de whisky en una mano y un revólver en la otra.

-¡Usted no hizo nada, usted no hizo nada! –gritó la vieja.

-Exacto –contestó Greenspan.

-Usted es inocente –musitó ella.

Greenspan la miró. La miró vacío, tras las gafas, con los ojos diminutos. Posó la botella de whisky en el suelo, buscó en un bolsillo de su chaqueta y sacó un billete de tren. “No lo pierda”, dijo. La vieja lo cogió, mirando más a Greenspan que al billete. “Sale dentro de una hora, si lo pierde, nunca saldrá de aquí.” La vieja caminó hacia la estación, sin mirar atrás. Greenspan cogió el camino más rápido hacia el agua.

Gómez

El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.

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