La huida de Riggor, VI
Para mi gusto, han pasado demasiadas cosas este fin de semana. Detallo hasta donde el dolor de los dedos me lo permita.
1) El cura al que visitamos el viernes por la mañana murió ayer (sábado) por la tarde, diez minutos antes de oficiar misa. Los sanitarios que acudieron a la sacristía dijeron, en declaraciones a la prensa, que nunca habían visto un rigor mortis tan descomunal, y que, si el último grito que exhaló el cura era de placer, aquella muerte era envidiable. Esto no ha transcendido a la prensa, pero alguien en el hospital nos ha dicho que encontraron algo junto al sacerdote; un objeto extraño, una cánula que emitía un zumbido.
2) El viernes por la noche Mijail y yo nos infiltramos en la sociedad hedonista que rinde pleitesía a San Miroslav. Fue un fracaso. Desde el principio, nuestros gestos de gozo no los convencieron demasiado; que yo me declarase, a las primeras de cambio, vegetariano, tampoco les satisfizo mucho; tampoco que pidiera cubiertos y utilizase servilleta para comer brócoli; que no se nos levantara para sodomizar a la oveja podría haber pasado inadvertido, pero, cuando Mijail vomitó la sangre de la mula virgen que acababan de sacrificar en nuestro honor, terminaron por rechazarnos con contundencia. Lo siguiente que recuerdo son cinco nudillos golpeándome con precisión el maxilar inferior. Luego estoy yo escupiendo un colmillo y un premolar junto a un coágulo de sangre que no era de mula. Después está una bota, y después una zapatería entera, lloviendo sobre mi cara. El resto de recuerdos son hospitalarios, y, por lo turbios que se presentan, creo que se me aderezó el ánimo con una dosis de morfina.
3) Esta tarde, cuando nos hemos despertado, entubados y escayolados, alguien había colgado en nuestro cuarto una estampita de San Miroslav. Mijail ha reconocido en eso una advertencia y ha creído que sería más seguro salir de allí por piernas. Después, hemos sumado las muletas. Nos hemos contado las fracturas en el ascensor. A juzgar por las escayolas, él tiene entre cinco y siete, y yo, entre cuatro y diez. Lo mío es más complicado de cuantificar porque debieron de cebarse en mis costillas. Respiro con dificultad y me sorprendo a cada minuto invadido por un pensamiento materno filial en tercera persona del plural: hijos de puta.
4) Acabo de ver a Riggor, en el periódico. Está descubriendo una placa atornillada a un obelisco. Desconozco, como es lógico, quién es el hombre que está a su lado. Si Mijail vuelve de su casa, a donde dice que ha ido para buscar comida, podrá traducirme el artículo. Si no, es posible que dedique los próximos días a fenecer.
Aprovecho este post para decirle a mi esposa que esta noche no voy a ir a cenar. Y mañana, tampoco.




