Qué veranito...
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La vieja del gallo cerró la puerta de nuestro compartimento de un golpe cuando salió el revisor. Después se lamió la mano y la pasó por el marco, buscando corrientes, aire intercambiándose, como si no quisiera que se deteriorase la endogamia de nuestro oxígeno mil veces respirado. Se giró, sonrío sin mirar a nadie, acarició la cresta del gallo como quien toca un arpa y se sentó de nuevo.
-El maquinista da una fiesta esta noche en el Salón de Juego. ¿Irá, verdad? –me preguntó mientras deslizaba el índice por el gallo. El chico de la guitarra soltó una carcajada por la nariz, la narcoléptica se abrazó a mi rodilla y el tipo sin billete y con tomates musitó un “joder” de pocas ganas y mucho sueño.
-Sí –mentí.
-Búsqueme después de los cigarrillos, le presentaré a un superviviente.
Asentí.
-Usted se parece tanto a Bergseth.
Volví a asentir.
-A él lo subieron a otro tren.
Y comenzó a llorar, como todos los días a las cinco de la tarde, musitando cosas sobre Bergseth, el Socavón, valores en oro e hipotecas premium.
-Eran tan jóvenes, ahora sólo quedamos mi madre y yo.
Y abrazó al gallo, que asintió, hizo gárgaras de gallo y me guiñó un ojo.
El francés se arrodilló lentamente. Le quedó la calva a la altura de mi cinturón. Golpearon la puerta.
-Deme el dinero o devuélvame los activos –dijo.
-No puedo –susurré, y palpé el papel rugoso de los activos islámicos. Un segundo después, los olí con la memoria.
Golpearon la puerta. Una voz de garza gritó “¡abra!” o “¿se encuentra bien?” o “no se suicide, amigo”. Noté la respiración lienta del francés en la tela del pantalón. Me miró a los ojos, sonrió y me enseñó de nuevo la llave; sobre la lengua, envuelta en babas. La sacó.
“¡Ya abro!”, gritó y se abalanzó sobre la puerta. Me interpuse. Forcejeó. Quiso abrir. Me noté la mano en la barra del toallero. Se restregó en mis pantalones. Falló al meter la llave en la cerradura. Levanté la barra del toallero, la sostuve un segundo alzada y cerré la mano con fuerza. Oí una nuez partiéndose en su nuca. Después, cayó, despacio, entre mis piernas.
El silencio. Dentro y fuera, el silencio. Dos pensamientos más tarde, el cuerpo del francés dejó de controlar los esfínteres. Le metí la cabeza en el retrete y cerré la tapa. Un cordón de sangre densa le asomó por la boca. Cogí la llave del suelo, abrí la puerta y salí al pasillo; no había nadie.
Cuando llegué al compartimento, la vieja del gallo volvió a llamarme Bergseth. Había algo cuerdo en su mirada.
El Jardín surgió del estiércol y ahora aspira a convertirse en el segundo pulmón del mundo, por delante de la selva amazónica y por detrás de Imperial Tobacco. Gómez nació en las Islas Marianas del Norte. Pasó su juventud en Helsinki, Finlandia, donde se formó como periodista y se convirtió en ciudadano europeo. Dejó el periodismo por la empresa privada. Se afincó en Canadá e hizo fortuna en la pesca del fletán negro. En un viaje a Las Vegas, EEUU, lo perdió todo. Ahora presenta el tiempo en laSexta.
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